martes, 19 de febrero de 2008

400 km y regreso

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Si bien la scooter ya había cumplido el kilometraje necesario para su servicio, decidí que éste se haría al regreso de Lunahuaná, total, confiaba en que el aceite sintético que le coloqué en el servico anterior me daba más protección que el aceite normal que suelen usar, por lo que unos 400 kilómetros más no le harían daño. Entonces fue que le respondí a Val: "Ok, vamos a Lunahuaná para el fin de semana", tras su pregunta de "¿qué te parece si hacemos rafting en Lunahuaná?, mi hermano dice que es muy bueno y hasta mi mamá lo ha hecho". Tras esto, seguimos cenando.

Así que los días previos al fin de semana me dediqué a preparar las cosas para el viaje. Si bien había escuchado de otras personas que tienen la misma scooter que yo, haber hecho largos viajes de como 600 kilómetros sin problemas, igual tenía mis dudas sobre cómo se comportaría la mía.

La mía, es una sccoter Honda Elite 125 tipo I modelo 2007 color plata, pero yo le digo Rita.

Fue así que Rita y yo fuimos a comprar ciertos implementos que nos podrían salvar en caso de algún percance leve. Primero compré unas tiras elásticas con ganchos de diversos tamaños para llevar equipaje en la parrilla posterior, luego un aerosol que dice que en caso de un pinchazo de neumático lo infla y lo parcha, todo mientras uno sigue conduciendo. Además, decidí aumentar la autonomía de Rita, ya que su tanque de combustible de 6 litros me permite recorrer como 180 kilómetros y al no saber qué gasolineras encontraría en la ruta, decidí comprar un depósito de 8 litros de combustible en el compartimiento guarda casco debajo del asiento, lo que me permitía tener una autonomía de más del doble, pero con la desventaja de cargar peso extra, algo que no me gustaba mucho ya que no sabía cómo se comportaría Rita en la subida a Lunahuaná.

Para los que no conocen, Lunahuaná es un pueblito a 180 kilómetros al sur y este de Lima, dedicado a la producción de pisco y vino, y famoso también por sus camarones. Se encuentra enclavado en el valle del río Cañete a 38 kilómetros de la Panamericana Sur, dejando la costa y subiendo por la cordillera hasta los 500 msnm. El clima es cálido y seco todo el año y la población vive básicamente del turismo, ya que por su ubicación, cuenta con una serie de servicios de aventura, como canotaje o rafting, como dice Val, así también es posible navegar en los rápidos del río Cañete en kayak, montar bicicleta de montaña, escalar palestra y volar en parapente, así como algo tranquilo como un paseo en caballo, disfrutar de las varias piscinas o tomar fotografías mientras se camina por ahí. Como vemos, es el pueblo de la adrenalina y el relax también, ya que cuenta con muy buenos hoteles, restaurantes para todos los gustos, bares y discotecas que se llenan en la época de temporada alta, como le llaman los lugareños al apogeo de estas actividades.

Por su ubicación, a poco menos de 3 horas de Lima y las cosas descritas anteriormente, vale la pena conocer Lunahuaná y bueno, nosotros lo haríamos en motocicleta. Fue así que tras dejar todo listo la noche del viernes, salimos de Lima muy temprano el sábado y antes de las 8 ya estábamos en la Panamericana Sur. A esa hora el tráfico es tranquilo y fluido, además de que el sol no molesta mucho por más que sea verano. Es más, tras los primeros kilómetros yo empezaba a tener frío.

El viaje transcurrió tranquilo mientras nos deleitábamos de la libertad que se siente de andar en moto y tener una vista privilegiada de, prácticamente, 360 grados a nuestro alrededor. Fue así que tras una hora de viaje y a la altura de Bujama (Km 90), decidimos hacer una parada para tomar una foto, ya que la Panamericana en ese punto pasa rosando el orilla del mar y de paso revisar el tanque auxiliar de combustible que no goteara. Estirar las piernas, buscar el marco para la foto, mirar el mar con el sol a nuestras espaldas aún bajo y proyectando esas sombras largas de los objetos que baña con su luz. Respirar el mar, click aquí, click allá y seguir la marcha.

Menos de 10 kilómetros más y ya estábamos en el famoso boulevard de Asia, buscando algún lugar para tomar desayuno. Eran las 9 y nos detuvimos más de una hora a descansar y llenar el tanque en una gasolinería de allí.

El sol ya era más fuerte cuando retomamos la ruta siempre al sur por lo que tuvimos que guardar las chompas en la mochila que llevábamos en la parrilla posterior. Pero una vez en la autopista se disfrutaba del fresco gracias a la velocidad y la brisa marina, lo que me volvió a dar frío.

La carretera se aleja del mar y entramos al valle del Cañete y el paisaje desértico que acompaña al océano, se convirtió en campos verdes y ligeras colinas llenas de algodón, espárragos, mandarina y camote, así como también la presencia de mayor tráfico, producto de estar cerca a la ciudad del mismo nombre.

Atravezamos Cañete raudos y tomamos el desvío al este para subir hasta Lunahuaná. Rita no mostraba ninguna molestia ni síntoma de cansancio y sin darse cuenta nos había conducido a un promedio de 90 km/h desde que salimos de Lima. Algo sorprendente para una scooter orientada netamente al uso en ciudad y recorridos cortos. Recordé algo que me dijo un curtido motociclista que tenía una enorme chopper Yamaha de dos cilindros y como 1400 cc: "Con esa scooter puedes irte a la Argentina y vas a llegar, sin problemas". Bueno, ya había recorrido 142 kilómetros desde que salí de Lima y todo iba bien, así que recorrer otros 5 mil hasta la Patagonia no debería de ser mucho problema. Pero quizá para la próxima.

Salimos de la ciudad de Cañete y empezamos el ascenso, muy ligero y con curvas más desafiantes que las larguísimas y casi rectas curvas de la Panamericana. Así, mientras el paisaje se tornaba rodeado de cerros y el río por constante a un lado de la ruta, sentimos como dejábamos el húmedo clima de la costa por el seco aire de las montañas. De pronto el calor se hizo una cosa molesta, ya que como la velocidad no era constantemente alta, el viento no me refrigeraba lo suficiente y la falta de humedad hacía que el aire quemara al tocar mi piel.

Poco a poco íbamos subiendo y me iba adecuando más al manejo de la scooter, ya que nunca la había conducido por curvas tan cerradas y rápidas. Fue así que inclinaba cada vez más la moto mientras le ganaba confianza. Hasta que de pronto, en una curva derecha que resultó más cerrada de lo que parecía, tuve que inclinar más de la cuenta la moto para tomarla sin invadir el otro carril y un sonido proveniente de la parte inferior, me anunciaba que había raspado el soporte central de la moto contra el asfalto. Había alcanzado el límite de inclinación de Rita y no sólo eso, lo sobrepasé por un poco, pero la scooter ni se dio cuenta y seguía el viaje sin problemas.

Luego de ese pequeño susto y del grito desgarrador que soltó Val para luego moler a golpes mi espalda (es el problema de andar en moto, no hay cómo defenderse), seguimos el viaje sin problemas hasta Lunahuaná.

Debo resaltar acá que a pesar del peso que cargaba la Elite, es sorprendente el comportamiento que tiene en carretera y sobretodo en ascenso. Podía subir por las montañas entre 60 y 80 km/h sin problemas y sin tener que acelerarla a fondo. A pesar del calor, Rita seguía sin mostrar ninguna molestia.
Tras 38 kilómetros de dejar Cañete o 45 minutos de viaje, llegamos a la adrenalínica Lunahuaná. Ingresamos al pueblito y enrumbamos a la Plaza de Armas, para dar la vuelta triunfante y de honor tras la faena cumplida. Me sentía como si hubiera sido el primero en escalar el Himalaya, toda una hazaña. Pero eso lo guardé para mis adentros, nadie se dio cuenta, pero si alguien se hubiera acercado a ver la moto, lo hubiera abrazado de emoción.

Estacionamos la moto frente a la catedral para tomar fotos y reconocer el lugar y comprobamos que tras el terremoto de como 8 grados que asolara esta zona en agosto del año pasado, aún se podían ver sus estragos. Las paredes de la catedral mostraban grandes rajaduras y desprendimiento de partes exteriores de la fachada. Grandes lotes baldíos nos indicaban el lugar donde antes había habido casas y que ahora, tras el plan de reconstrucción del gobierno, habían sido despejadas y se preparaban para construir otras que sí soporten terremotos.

Tras el reconocimiento y las fotos, decidimos buscar el hotel. Así que fuimos a uno que un amigo nos había recomendado. El Moye, a dos minutos del pueblo siguiendo la carretera. El Moye es un hostal bonito y grande, con una piscina y buenas comodidades. Como me lo habían recomendado nos quedamos ahí y no vimos otras alternativas. Luego nos enteramos de que la luz la conectan a partir de las 18 y que el agua caliente está disponible sólo en la noche, supongo a partir de las 18 que conectan la luz. Bueno, al menos hay televisión por cable y piscina, dije para mis adentros tratando de no sentirme estafado. En la tele sólo hay 3 canales y son de señal abierta, es decir, televisión basura. Por lo menos me queda la piscina...

Dejamos la moto, las cosas, nos pusimos los trajes de baño y regresamos al pueblo caminando para tomar uno de estos servicios de rafting, perdón, canotaje. Los chicos de HeMiRiver nos atendieron muy bien y la aventura fue de lo mejor. El río se encuentra muy crecido por las lluvias de la sierra y hay olas para todos los gustos.

Tras la experiencia en el río descubrí que mi reloj tenía humedad dentro. Me olvidé de llevar mi reloj viajero y que sí ha demostrado ser resistente a los baños. Pero aún así lo quería volver a hacer, pero ahora en un nivel más difícil. Así que me espera otra visita a Lunahuaná.
En esa aventura saltando rocas y olas en el río, conocimos a una pareja conformada por un catalán y una colombiana, muy buenas personas ambos y con quienes pasamos el resto del día y la noche, entre vinos, piscos y buena comida, todo esto en el marco de una agradable conversación, jodiendo a los españoles, jodiendo a los peruanos, a los quebequenses y a los colombianos. Reíamos mucho y no sólo por efectos del alcohol.

Al día siguiente decidí pasar toda la mañana en la piscina. Al llegar estaba todo perfecto, el hidromasaje funcionaba y la catarata artificial también. Me tumbé a tomar sol y calentarme un poco antes de ingresar y disfrutar eso, cuando apareció el dependiente y apagó los artilugios de la piscina, justo en el momento que me iba a meter. Le increpé, pero me dijo que el motor se calienta y que debía descansar un rato. Respondí que el motor de mi moto también y que para eso están diseñados, pero se fue y me dejó una nube negra sobre la cabeza. Igual me metí al agua pero ya no la disfruté tanto. Así que nunca más en El Moye. Gracias por la recomendación, ex amigo mío...

Luego del piscinazo nos preparamos para el retorno, dimos una última vuelta a la Plaza de Armas para comprar algunas cosas y emprendimos el retorno a Lima. El descenso a la costa fue tranquilo y de mucho disfrute. Al ingresar a la Panamericana de vuelta perdimos tiempo tras unos camiones muy largos y lentos, hasta que por fin se despejó y los dejamos atrás, siempre andando a 90 km/h.

Llegamos al boulevard de Asia y paramos a almorzar. Aproveché para utilizar, por fin el combustible de emergencia que llevaba y rellenar el tanque, además de perder algo de peso, por fin. Además de esto, se me ocurrió hacer algo que no había hecho y que debí antes de salir de Lima. Revisar el nivel de aceite. Todo bien. Luces bien. Ánimo bien. Hambre, ¡mucha!

Una enorme pizza e ingentes cantidades de líquido fueron suficiente para este rider y su acompañante, mientras Rita descansaba. A las 15 regresamos a Lima, era domingo y el tráfico de retorno se pone pesado a partir de las 17, así que quería evitar ese calvario.

Las lenguas de asfalto trascurrían bajo nosotros sin problemas, pero mientras más cerca de Lima estábamos, más denso se ponía el tráfico y más apurados parecían todos. Me disgusta ver cómo nos adelantaban y se cerraban frente a nosotros sin guardar la distancia de seguridad de 30 metros establecida en el reglamento. Igual andaba atento a mis espejos y ver a los imbéciles que se nos venían encima.

Al llegar a nuestra casa me quedé un rato a solas con Rita en la cochera y simplemente la contemplé por un rato. Estaba sorprendido de la capacidad de esa moto. Tras sacar todas las cosas de su interior y estacionarla en el jardín procedí al lavado de rigor. No estaba ni si quiera tan sucia como pensaba. Pero se había ganado su lavado al detalle, además, al día siguiente debía llevarla a su servicio y no quería que fuera toda cochina. Al del taller aún le cuesta creerme que nos fuimos a Lunahuaná en esa scooter y me ofreció otra moto más rápida para que comprará si pretendía hacer viajes así. Y tiene toda la razón, ya que la Honda Elite 125 es un vehículo diseñado para distancias cortas y uso netamente urbano, por su suave manejo, poca autonomía y fácil conducción por ser automática. Pero lejos de deshacerme de mi Rita, veré una motocicleta más grande y veloz para usarla sólo para viajes, que espero hacer muchos junto con Valérie, además de mantener a Rita para el uso diario en ciudad.


Nota: El asiento de la Elite no es muy cómodo para estar ahí por laaaaaaaaargo rato. El dolor de culo se vuelve insoportable para ambos pasajeros.

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6 comentarios:

José Miguel dijo...

te felicito kike, excelente historia en partes me rei mucho ja ja ja... tienes muy buena redacción, trabajas para algun diario???... buenas fotos tambien... y muy cierto lo de la nota... ja ja ja
saludos desde el salvador!!!

Kike Polastri Martin dijo...

Gracias José Miguel. Yo también me reí mucho mientras me sucedían las cosas descritas acá.
Nah, escribo por hobby, nada de diarios ni pro.
La fotografía es también otro hobby que cultivo, aún que espero acceder a una mejor cámara pronto.
A ver si se animan por un viajecillo.

Anónimo dijo...

Kike polastri, si eres el que recuerdo estudiamos el 2do de primaria en el Pedro Ruiz Gallo, Junto a Roberto Montoro, Carlos Ramirez, Ivan Villavicio, estoy en lo cierto?

Saludos
Pablo Espejo Columbus.

wetwilly dijo...

Felicitaciones Kike por tu viaje, por tus fotos y por el Test Drive a tu Honda Elite 125 (Rita). Cuando me comentaste sobre tu viaje no pensé que fuera en tu querida Rita, además me divertí leyendo tu relatos tanto como tus disgustos en el hotel como en el retorno a Lima. Saludos y suerte en tu próximo viaje con Rita....

Kike Polastri Martin dijo...

Hola Pablo, qué gusto saber de uno de mis grandes amigos y recordar a otros más. La verdad me hiciste viajara a esas épocas escolares.
Escríbeme a mi mail, a ver si nos juntamos en estos días.

WETWILLY: Gracias por los comentarios, el que me recomendó ese hostal fue Koala (lo dije y se acabó el Perú)

Victor Lopez dijo...

Excelente viaje, muy bueno el relato. Felicitacion a ti y val, por animarse a esos viajes.