martes, 8 de abril de 2008

A 4818 msnm en una scooter


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Y de verdad que ahí estábamos. Hacía mucho frío, menos de cero nos dijeron, caía un granizo pequeño que no era granizo, pero que tampoco era nieve, estaba entre los dos y las scooter, estoicas, aún funcionaban y andaban sin problemas, bueno, con los problemas típicos de estar a gran altitud. ¿De qué scooter hablamos? De la mejor, la Honda Elite 125 tipo I modelo 2007.

Y aquí estábamos, 132 Km después y a 4818 msnm., en sendas scooter. Quién lo diría, llegamos y aunque mi fe no era a prueba de balas, nunca dudé en llegar a Ticlio. Suena contradictorio, lo sé, decir que no tenía fe de llegar, pero que no dudé en que llegaríamos. Lo que pasa es que pensaba que en algún punto deberíamos de regular el motor para continuar el viaje o que de pronto los motores se apagarían y deberíamos empujar. Precisamente de eso se trataba mi disyuntiva y falta de fe, de que llegaríamos a Ticlio, sea como sea, aunque sea empujando las scooter y a casi cinco mil metros sobre el nivel del mar, la tarea de empujar hacia arriba más de cien kilos sobre ruedas se haría más que pesada, casi imposible. Aún así lo haría.

EL ABRAZO SUDAMERICANO
Pero vayamos al principio de lo que nos lleva a emprender esta hazaña. Todo parte del “Abrazo Sudamericano”. Campaña empecinada por un Albatros bogotano que tras comprarse la primera moto de su vida y emocionarse como todo aquel que tuvo una moto por primera vez en su vida, no tuvo mejor idea que querer recorrer todo Sudamérica de cavo a rabo en moto.

Su itinerario es salir de Bogotá en su scooter, solo o acompañado, no le preocupa, sabe que tiene amigos por todos lados que le ofrecieron recibirlo y hasta salir a rodar con él por algunos kilómetros, si no lo acompañan el resto del viaje. Entonces, salir de Bogotá, bajar a Lima y unirse a los Eliteros peruanos por un rato para luego emprenderla hacia Chile y sus buenos Eliteros. Aquí surgía la duda: ¿Para ir a la Argentina, pasarán los Andes las scooter? Así que le dije que lo iba a averiguar por él. Así no habría problema para realizar el “Abrazo” y retornar por Brasil y Venezuela rumbo a Colombia otra vez.

No es que necesite una excusa para salir de viaje, ya que cuando alguien me preguntaba el por qué de ese viaje a Ticlio simplemente respondía “sólo por ir”, pero agregaba una excusa más: “demostrar que las Elite son muy buenas, la mejores”. Pero en realidad sólo quería viajar y si había excusa, mejor aún. Lo bueno fue que otros Eliteros locales se contagiaron muy fácil de mi idea y decidieron acompañarme. ¿Quién decía que la locura no se contagia?

A LA PUNA EN MOTO
Domingo 6 de abril, 06:15 horas: Gasolinera Primax del Jockey Plaza. Ya Luigi se encontraba esperando cuando yo arribé. Todo lucía tranquilo y sin ruido mientras nos preparábamos para el viaje. Así, tras la llegada de José Antonio “El Tiburón”, llenamos los tanques de combustible y los bidones de dos galones que irían en el hueco porta casco debajo del asiento, compramos algo de beber y galletas y tras revisar la presión de aire de los neumáticos dijimos “Ticlio, allá vamos” y salimos raudos y felices.

El itinerario era el siguiente: Tomar la Panamericana Norte hasta la salida con la autopista Ramiro Prialé, que nos llevaría directo a la ruta 20, mejor conocida como la Carretera Central. La primera parada estaba programada para hacerse en Matucana (Km 74, 2390 msnm), pero nuestras vejigas pudieron más que nuestro espíritu, así que tuvimos que hacer una “parada estratégica”, como le llamaríamos. En Matucana nos recibieron con campanadas desde la catedral y los curiosos venían a ver nuestras monturas de cerca. Desayunamos, un café bien cargado para Luigi y para mí acompañados de sanguchitos y una sopa o no sé qué para el Tiburón.

Seguimos el viaje siempre hacia el este y subiendo la cordillera. El río Rímac de encañona definitivamente y las enormes paredes de piedra cortada para trazar esta carretera impresionan. Cuando en eso escuché un ruido muy fuerte, un zumbido veloz y pronto a mi lado se aparecía una Yamaha que parecía la YZF-R6, en ese azul distintivo que caracteriza a las Yamaha. Hizo sonar la bocina, saludó con el dedo pulgar levantado y tras un par de aceleradas que retumbaron entre los cerros, desapareció entre las curvas malditas. Fue obvio que todos sentimos esa sana envidia de querer ser el sujeto que nos acababa de rebasar. Pero estoy seguro que él habrá pensado “qué bravos para venirse por acá en esas scooter, deben ser unos curtidos y temerarios moteros!”

Camiones bajaban, camiones subían y compartían esto con los buses en una constante de enormidad. Muchos de los choferes con los que nos cruzábamos nos saludaban con la bocina y se veía en su rostro una gran sonrisa de asombro y admiración. Así fuimos pasando kilómetros y aún las Elite se sentían en buena forma. Además, el lenguaje de señales que estudiamos para comunicarnos nos fue de mucha ayuda verdaderamente. Gracias a esto podíamos, al que le tocaba de líder, avisar a los de atrás sobre baches, huecos, piedras y demás obstáculos hallados en la pista, así como dónde bajar la velocidad, cuándo adelantar, cuando parar, etc. Éramos súper responsables y súper educados y lo pasábamos muy bien, disfrutábamos cada curva, parábamos para las fotos y videos entre el paisaje hermoso y las Elite perfectas.

LA TORMENTA
Hasta que de pronto, antes de llegar a San Mateo, Luigi nos advierte que por más que aceleraba a fondo, su Elite ya no daba. Le dije que no acelera a fondo, que la acelere progresivamente y que al llegar a San Mateo, que era la siguiente parada programada, haríamos el ajuste del carburador de su scooter.

San Mateo de Huanchor (Km 93, 3240 msnm). Parada programada para abrigarnos más, descansar y de paso, ajustar las Elite. La del Tiburón y la mía subían sin problemas, salvo lo normal experimentado por la altitud. Pero, tras la regulación al carburador de la Elite de Luigi, los tres seguimos el camino a nuestro destino nevado. Un dato curioso fue comprobar que al estar estacionados en esa placita, las Elite en ralentí ya se apagaban al cabo de un corto rato. También fue grato ver cómo los pobladores, al igual que en Matucana, se acercaban a saludarnos.

Pasamos el asiento minero de Casapalca (Km 117, 4200 msnm) y empezó a caer agua del cielo. Una lluvia muy ligera, menos mal ya estábamos bien abrigados. Aun así, teníamos las manos entumecidas, pero podíamos utilizarlas sin mucho problemas para accionar los frenos. Unos cuantos kilómetros más y la ligera pero constante lluvia se convirtió en granizo. Un granizo muy pequeño y suave, que no era ni hielo, ni nieve, pero que empezó a generar que del asfalto calentado por el sol se levantase una gruesa, por ratos, capa de niebla que nos hacía por momentos encender las intermitentes y andar con cuidado, ya que ninguno de nosotros tenía experiencia de conducir sobre hielo o pista húmeda y menos aún con cero visibilidad por ratos, además de que Luigi y José Antonio aún calzan sus llantas originales.

LA CALMA
Por un momento la cuesta en la ruta se vuelve más pronunciada y las Elite empezaron a perder velocidad. Fue ahí cuando pensé en que llegaría empujando la scooter los últimos metros. Pero luego de un rato se niveló un poco la ruta y la velocidad empezó a subir otra vez. Disminuyó la granizada y se despejó un poco la neblina. Era como que los elementos de la naturaleza se ponían otra vez a nuestro favor. Nos agrupamos los tres, casi lado a lado y empezamos a gritar arengas como “¡Llegamos huevón!; ¡Ya estamos, ya la hicimos, un poco más!; ¡Somos lo máximo caraxo, las Elite son lo máximo!” Y cosas así. Cuando de pronto el suelo se niveló, la humedad desapareció y se despejó el cielo. Un enorme cartel verde nos indicaba que nos encontrábamos en Ticlio, Abra Anticona, Km 132 y a 4818 msnm o 15806 pies: Punto Ferroviario más alto del mundo. Eran las 12 y algo y la velocidad a la que llegaron las Elite fue de unos 35 Km/h. No está mal, nada mal.

La ruta empezaba su descenso hacia la vertiente o cuenca del Atlántico. Pero nosotros nos quedábamos aquí, en el Divortium Aquarium.

ESTO ES TICLIO
Salimos de la ruta, nos desmontamos, nos abrazamos y golpeamos muy fuerte producto de la adrenalina y la testosterona, algo que nuestros antepasados cavernícolas podrían explicar. Fotos por todos lados, videos, dificultad para respirar y por consiguiente hablar y las Elite, aunque se apagaban al poco rato de dejarlas en ralentí, aún andaban si no dejabas que se apaguen y encendían sin problemas cuando se apagaban. Pero si bien la felicidad nos acompañaría todo el resto del tiempo y hasta el día de hoy, el clima decidió volver a lo acostumbrado y la granizada arreció, así como la neblina, que rápidamente nos rodeó producto del fuerte viento y nos quitó la espectacular vista de los picos nevados. Así que antes de que desaparezcan por completo, aproveché para tomarme una foto lo más idéntica posible a la que tiene mi papá con su moto en Ticlio también, pero en la segunda mitad de los años sesenta. Así que ya empecé una tradición, les tocará a mis hijos continuarla.

Un poblador (sí, ahí vive gente), nos indicó dónde podíamos tomar algo caliente y comer. Así que fuimos para allá, dejando a las Elite al capricho del temporal. ¿Prenderían luego?

Sendos mates de coca les transmitían calor a nuestras manos desnudas y congeladas que aferradas a la taza pugnaban por recuperar el calor y control por dejar de temblar. Las galletas bañadas en chocolate nos daban algo de energía calorífica y el hecho de estar aislados del exterior y en un lugar calientito gracias a la cocina, nos hacía que dejáramos de temblar y que nos sintiéramos en el cielo. Literalmente.

Sabía de antemano que la lluvia fuerte empezaba a partir de las 16:00 y esto fue confirmado por los pobladores locales. Así que sin nada más que hacer, decidimos emprender el retorno. Pero algunos camioneros que habían parado a descansar ahí tenían otros planes para nosotros.

Pero no se asusten, sólo querían tomarse fotos. Así que los subimos a las Elite, les pusimos los cascos y todo y les tomamos todas las fotos que querían. ¡Lo máximo!

EL RETORNO DE LOS RIDERS
Luego de retirar un poco la nieve que las cubría nos sorprendimos de ver que encendieron sin problema a pesar del frío y la altura, así que la bajada fue un relajo. Casi ni teníamos que acelerar y los frenos los usábamos muy poco, ya que la Elite, si bien es automática, se mantiene enganchada todo el tiempo y esto nos da el famoso efecto de “freno motor” al dejar de acelerar. El único problema era la pista mojada, empapada ya y el granizo constante que luego se convirtió en lluvia.

Al llegar a San Mateo ya no llovía y según nuestro plan, era la parada para almorzar. Eran las 15:00 aproximadamente y el lomo con papas de Luigi competía con el bistec apanado mío y la sopa de patasca del amigo Tiburón. Las Elite andaban sin problemas. Anécdota: Curiosamente, el odómetro del Tiburón marcaba exactamente mil kilómetros.

Sin darnos cuenta ya estábamos en Matucana y el paisaje se había puesto tan bonito como durante la subida. El sol alumbraba todo y los colores se lucían mejor que nunca. Supongo que esto lo notábamos ahora más que en el ascenso porque ya veníamos más relajados y sin prisas. Además de que parábamos más seguido para las fotos y videos.

Más cerca a Chosica (la puerta de Lima) y más horrible se ponía el tráfico y el calor nos hacía sudar. Así que tomaos un desvío en Ñaña que nos llevaría a la autopista Prialé, pero antes paramos para quitarnos las capas de ropa. Volvimos sin problemas desde ahí a la misma estación de servicios que nos vio partir hacía casi 12 horas atrás. Eran las 18:00 y estábamos regulando el carburador de Luigi para funcionar otra vez al nivel del mar. Un gran abrazo y felicitaciones mutuas otra vez por la hazaña realizada y ya planeábamos otro paseo a otro sitio, mientras recordábamos la experiencia que acababa de terminar.

En resumen. Si bien en las reuniones de los miércoles las opiniones dentro de los Eliteros peruanos estaban divididas en dos flancos claramente marcados. Nosotros, la minoría, haríamos el intento de todas maneras y los otros, la mayoría, ya nos veían como locos. Pero es cierto, hay que estar medio loco por lo menos para intentar algo así, subir a casi 5 mil metros en una scooter automática con un motor de 125 cc. carburado. Algunos nos profetizaban lo que sucedería: “El motor recalentará, se apagará, no subirán, etc…” Pero aún así y pese a que algunos Eliteros desertaron días antes del viaje, logramos demostrar que aún con una moto pequeña, podemos ser tan moteros como cualquiera. Ahora podremos mirar a los ojos y en el mismo escalón a todos los demás moteros del mundo, ya que llegar a Ticlio con una moto, propiamente dicha y de generosa cilindrada, es cosa fácil que cualquiera podría hacer. Hacerlo con una scooter diseñada para la ciudad, sólo unos pocos, los elegidos, pueden hacerlo, jeje…

[A continuación les dejo el video, partido en dos, del viaje, con imágenes inéditas de las Elite rodando desde otra Elite. No se lo pierdan]

Parte 01: El ascenso y llegada.


Parte 02: La bajada y despedida.

martes, 19 de febrero de 2008

400 km y regreso

[pulsa en cualquier imágen si quieres verla en máxima resolución]

Si bien la scooter ya había cumplido el kilometraje necesario para su servicio, decidí que éste se haría al regreso de Lunahuaná, total, confiaba en que el aceite sintético que le coloqué en el servico anterior me daba más protección que el aceite normal que suelen usar, por lo que unos 400 kilómetros más no le harían daño. Entonces fue que le respondí a Val: "Ok, vamos a Lunahuaná para el fin de semana", tras su pregunta de "¿qué te parece si hacemos rafting en Lunahuaná?, mi hermano dice que es muy bueno y hasta mi mamá lo ha hecho". Tras esto, seguimos cenando.

Así que los días previos al fin de semana me dediqué a preparar las cosas para el viaje. Si bien había escuchado de otras personas que tienen la misma scooter que yo, haber hecho largos viajes de como 600 kilómetros sin problemas, igual tenía mis dudas sobre cómo se comportaría la mía.

La mía, es una sccoter Honda Elite 125 tipo I modelo 2007 color plata, pero yo le digo Rita.

Fue así que Rita y yo fuimos a comprar ciertos implementos que nos podrían salvar en caso de algún percance leve. Primero compré unas tiras elásticas con ganchos de diversos tamaños para llevar equipaje en la parrilla posterior, luego un aerosol que dice que en caso de un pinchazo de neumático lo infla y lo parcha, todo mientras uno sigue conduciendo. Además, decidí aumentar la autonomía de Rita, ya que su tanque de combustible de 6 litros me permite recorrer como 180 kilómetros y al no saber qué gasolineras encontraría en la ruta, decidí comprar un depósito de 8 litros de combustible en el compartimiento guarda casco debajo del asiento, lo que me permitía tener una autonomía de más del doble, pero con la desventaja de cargar peso extra, algo que no me gustaba mucho ya que no sabía cómo se comportaría Rita en la subida a Lunahuaná.

Para los que no conocen, Lunahuaná es un pueblito a 180 kilómetros al sur y este de Lima, dedicado a la producción de pisco y vino, y famoso también por sus camarones. Se encuentra enclavado en el valle del río Cañete a 38 kilómetros de la Panamericana Sur, dejando la costa y subiendo por la cordillera hasta los 500 msnm. El clima es cálido y seco todo el año y la población vive básicamente del turismo, ya que por su ubicación, cuenta con una serie de servicios de aventura, como canotaje o rafting, como dice Val, así también es posible navegar en los rápidos del río Cañete en kayak, montar bicicleta de montaña, escalar palestra y volar en parapente, así como algo tranquilo como un paseo en caballo, disfrutar de las varias piscinas o tomar fotografías mientras se camina por ahí. Como vemos, es el pueblo de la adrenalina y el relax también, ya que cuenta con muy buenos hoteles, restaurantes para todos los gustos, bares y discotecas que se llenan en la época de temporada alta, como le llaman los lugareños al apogeo de estas actividades.

Por su ubicación, a poco menos de 3 horas de Lima y las cosas descritas anteriormente, vale la pena conocer Lunahuaná y bueno, nosotros lo haríamos en motocicleta. Fue así que tras dejar todo listo la noche del viernes, salimos de Lima muy temprano el sábado y antes de las 8 ya estábamos en la Panamericana Sur. A esa hora el tráfico es tranquilo y fluido, además de que el sol no molesta mucho por más que sea verano. Es más, tras los primeros kilómetros yo empezaba a tener frío.

El viaje transcurrió tranquilo mientras nos deleitábamos de la libertad que se siente de andar en moto y tener una vista privilegiada de, prácticamente, 360 grados a nuestro alrededor. Fue así que tras una hora de viaje y a la altura de Bujama (Km 90), decidimos hacer una parada para tomar una foto, ya que la Panamericana en ese punto pasa rosando el orilla del mar y de paso revisar el tanque auxiliar de combustible que no goteara. Estirar las piernas, buscar el marco para la foto, mirar el mar con el sol a nuestras espaldas aún bajo y proyectando esas sombras largas de los objetos que baña con su luz. Respirar el mar, click aquí, click allá y seguir la marcha.

Menos de 10 kilómetros más y ya estábamos en el famoso boulevard de Asia, buscando algún lugar para tomar desayuno. Eran las 9 y nos detuvimos más de una hora a descansar y llenar el tanque en una gasolinería de allí.

El sol ya era más fuerte cuando retomamos la ruta siempre al sur por lo que tuvimos que guardar las chompas en la mochila que llevábamos en la parrilla posterior. Pero una vez en la autopista se disfrutaba del fresco gracias a la velocidad y la brisa marina, lo que me volvió a dar frío.

La carretera se aleja del mar y entramos al valle del Cañete y el paisaje desértico que acompaña al océano, se convirtió en campos verdes y ligeras colinas llenas de algodón, espárragos, mandarina y camote, así como también la presencia de mayor tráfico, producto de estar cerca a la ciudad del mismo nombre.

Atravezamos Cañete raudos y tomamos el desvío al este para subir hasta Lunahuaná. Rita no mostraba ninguna molestia ni síntoma de cansancio y sin darse cuenta nos había conducido a un promedio de 90 km/h desde que salimos de Lima. Algo sorprendente para una scooter orientada netamente al uso en ciudad y recorridos cortos. Recordé algo que me dijo un curtido motociclista que tenía una enorme chopper Yamaha de dos cilindros y como 1400 cc: "Con esa scooter puedes irte a la Argentina y vas a llegar, sin problemas". Bueno, ya había recorrido 142 kilómetros desde que salí de Lima y todo iba bien, así que recorrer otros 5 mil hasta la Patagonia no debería de ser mucho problema. Pero quizá para la próxima.

Salimos de la ciudad de Cañete y empezamos el ascenso, muy ligero y con curvas más desafiantes que las larguísimas y casi rectas curvas de la Panamericana. Así, mientras el paisaje se tornaba rodeado de cerros y el río por constante a un lado de la ruta, sentimos como dejábamos el húmedo clima de la costa por el seco aire de las montañas. De pronto el calor se hizo una cosa molesta, ya que como la velocidad no era constantemente alta, el viento no me refrigeraba lo suficiente y la falta de humedad hacía que el aire quemara al tocar mi piel.

Poco a poco íbamos subiendo y me iba adecuando más al manejo de la scooter, ya que nunca la había conducido por curvas tan cerradas y rápidas. Fue así que inclinaba cada vez más la moto mientras le ganaba confianza. Hasta que de pronto, en una curva derecha que resultó más cerrada de lo que parecía, tuve que inclinar más de la cuenta la moto para tomarla sin invadir el otro carril y un sonido proveniente de la parte inferior, me anunciaba que había raspado el soporte central de la moto contra el asfalto. Había alcanzado el límite de inclinación de Rita y no sólo eso, lo sobrepasé por un poco, pero la scooter ni se dio cuenta y seguía el viaje sin problemas.

Luego de ese pequeño susto y del grito desgarrador que soltó Val para luego moler a golpes mi espalda (es el problema de andar en moto, no hay cómo defenderse), seguimos el viaje sin problemas hasta Lunahuaná.

Debo resaltar acá que a pesar del peso que cargaba la Elite, es sorprendente el comportamiento que tiene en carretera y sobretodo en ascenso. Podía subir por las montañas entre 60 y 80 km/h sin problemas y sin tener que acelerarla a fondo. A pesar del calor, Rita seguía sin mostrar ninguna molestia.
Tras 38 kilómetros de dejar Cañete o 45 minutos de viaje, llegamos a la adrenalínica Lunahuaná. Ingresamos al pueblito y enrumbamos a la Plaza de Armas, para dar la vuelta triunfante y de honor tras la faena cumplida. Me sentía como si hubiera sido el primero en escalar el Himalaya, toda una hazaña. Pero eso lo guardé para mis adentros, nadie se dio cuenta, pero si alguien se hubiera acercado a ver la moto, lo hubiera abrazado de emoción.

Estacionamos la moto frente a la catedral para tomar fotos y reconocer el lugar y comprobamos que tras el terremoto de como 8 grados que asolara esta zona en agosto del año pasado, aún se podían ver sus estragos. Las paredes de la catedral mostraban grandes rajaduras y desprendimiento de partes exteriores de la fachada. Grandes lotes baldíos nos indicaban el lugar donde antes había habido casas y que ahora, tras el plan de reconstrucción del gobierno, habían sido despejadas y se preparaban para construir otras que sí soporten terremotos.

Tras el reconocimiento y las fotos, decidimos buscar el hotel. Así que fuimos a uno que un amigo nos había recomendado. El Moye, a dos minutos del pueblo siguiendo la carretera. El Moye es un hostal bonito y grande, con una piscina y buenas comodidades. Como me lo habían recomendado nos quedamos ahí y no vimos otras alternativas. Luego nos enteramos de que la luz la conectan a partir de las 18 y que el agua caliente está disponible sólo en la noche, supongo a partir de las 18 que conectan la luz. Bueno, al menos hay televisión por cable y piscina, dije para mis adentros tratando de no sentirme estafado. En la tele sólo hay 3 canales y son de señal abierta, es decir, televisión basura. Por lo menos me queda la piscina...

Dejamos la moto, las cosas, nos pusimos los trajes de baño y regresamos al pueblo caminando para tomar uno de estos servicios de rafting, perdón, canotaje. Los chicos de HeMiRiver nos atendieron muy bien y la aventura fue de lo mejor. El río se encuentra muy crecido por las lluvias de la sierra y hay olas para todos los gustos.

Tras la experiencia en el río descubrí que mi reloj tenía humedad dentro. Me olvidé de llevar mi reloj viajero y que sí ha demostrado ser resistente a los baños. Pero aún así lo quería volver a hacer, pero ahora en un nivel más difícil. Así que me espera otra visita a Lunahuaná.
En esa aventura saltando rocas y olas en el río, conocimos a una pareja conformada por un catalán y una colombiana, muy buenas personas ambos y con quienes pasamos el resto del día y la noche, entre vinos, piscos y buena comida, todo esto en el marco de una agradable conversación, jodiendo a los españoles, jodiendo a los peruanos, a los quebequenses y a los colombianos. Reíamos mucho y no sólo por efectos del alcohol.

Al día siguiente decidí pasar toda la mañana en la piscina. Al llegar estaba todo perfecto, el hidromasaje funcionaba y la catarata artificial también. Me tumbé a tomar sol y calentarme un poco antes de ingresar y disfrutar eso, cuando apareció el dependiente y apagó los artilugios de la piscina, justo en el momento que me iba a meter. Le increpé, pero me dijo que el motor se calienta y que debía descansar un rato. Respondí que el motor de mi moto también y que para eso están diseñados, pero se fue y me dejó una nube negra sobre la cabeza. Igual me metí al agua pero ya no la disfruté tanto. Así que nunca más en El Moye. Gracias por la recomendación, ex amigo mío...

Luego del piscinazo nos preparamos para el retorno, dimos una última vuelta a la Plaza de Armas para comprar algunas cosas y emprendimos el retorno a Lima. El descenso a la costa fue tranquilo y de mucho disfrute. Al ingresar a la Panamericana de vuelta perdimos tiempo tras unos camiones muy largos y lentos, hasta que por fin se despejó y los dejamos atrás, siempre andando a 90 km/h.

Llegamos al boulevard de Asia y paramos a almorzar. Aproveché para utilizar, por fin el combustible de emergencia que llevaba y rellenar el tanque, además de perder algo de peso, por fin. Además de esto, se me ocurrió hacer algo que no había hecho y que debí antes de salir de Lima. Revisar el nivel de aceite. Todo bien. Luces bien. Ánimo bien. Hambre, ¡mucha!

Una enorme pizza e ingentes cantidades de líquido fueron suficiente para este rider y su acompañante, mientras Rita descansaba. A las 15 regresamos a Lima, era domingo y el tráfico de retorno se pone pesado a partir de las 17, así que quería evitar ese calvario.

Las lenguas de asfalto trascurrían bajo nosotros sin problemas, pero mientras más cerca de Lima estábamos, más denso se ponía el tráfico y más apurados parecían todos. Me disgusta ver cómo nos adelantaban y se cerraban frente a nosotros sin guardar la distancia de seguridad de 30 metros establecida en el reglamento. Igual andaba atento a mis espejos y ver a los imbéciles que se nos venían encima.

Al llegar a nuestra casa me quedé un rato a solas con Rita en la cochera y simplemente la contemplé por un rato. Estaba sorprendido de la capacidad de esa moto. Tras sacar todas las cosas de su interior y estacionarla en el jardín procedí al lavado de rigor. No estaba ni si quiera tan sucia como pensaba. Pero se había ganado su lavado al detalle, además, al día siguiente debía llevarla a su servicio y no quería que fuera toda cochina. Al del taller aún le cuesta creerme que nos fuimos a Lunahuaná en esa scooter y me ofreció otra moto más rápida para que comprará si pretendía hacer viajes así. Y tiene toda la razón, ya que la Honda Elite 125 es un vehículo diseñado para distancias cortas y uso netamente urbano, por su suave manejo, poca autonomía y fácil conducción por ser automática. Pero lejos de deshacerme de mi Rita, veré una motocicleta más grande y veloz para usarla sólo para viajes, que espero hacer muchos junto con Valérie, además de mantener a Rita para el uso diario en ciudad.


Nota: El asiento de la Elite no es muy cómodo para estar ahí por laaaaaaaaargo rato. El dolor de culo se vuelve insoportable para ambos pasajeros.

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