lunes 10 de noviembre de 2008

A la selva en scooter


Nuevamente en la misma estación de servicio Primax que nos viera partir rumbo a nuestro primer viaje de Eliteros hace unas semanas. Pero esta vez nos proponíamos una hazaña mayor: no sólo coronar los Andes, sino llegar hasta la selva amazónica con las mismas Honda Elite 125 que ya conocemos.



Lo habíamos comentado cada noche de los jueves, en las reuniones de Eliteros, como un sueño, una idea fantástica. Recuerdo que fue de la misma manera que comenzamos con lo del viaje a Ticlio y coronar los Andes.


La idea del viaje era salir de Lima el viernes 16 de mayo de 2008, aprovechando el feriado del APEP y retornar a Lima el Martes 20. La ruta elegida sería la ya conocida Carretera Central, pasar Ticlio otra vez (bah! cosa fácil), desender la vertiente oriental de los Andes y listo, ya estaríamos en el valle del río Chanchamayo, en la cálida ciudad de La Merced.

Nuestros amigos MotoRiders tenían la misma idea, pero con esas motos enormes que pueden subir a los más de 4800 msnm de Ticlio como si nada, pues nos sería difícil seguirles el ritmo. Por lo que decidimos salir unas horas antes con la consigna de que ellos nos alcanzaran en la ruta un poco más arriba y ya poder bajar todos juntitos hasta La Merced.

Comenzando el viaje

Entonces, de vuelta a la estación Primax, 06 h 30, últimas reviciones a las Elite y el Tiburón y yo estábamos listos para partir. Así es, esta vez seríamos sólo dos Eliteros, ya que el Profe Luigi, nuestro colega de aventuras en la primera escalada a los Andes y compañero de paseos nocturnos cada jueves por Lima no nos acompañaría fisicamente, si no se corazón y espíritu. Aún así, conociendo su ánimo aventurero, el Profe nos dijo que nos escoltaría en su auto hasta Ticlio para hacernos fotos y videos. Lamentablemente no llegó y tuvimos que partir para que no nos alcansaces los MotoRiders antes de terminar el ascenso del lado occidental de los Andes.

Partí a la cabeza y chequeaba que el Tiburón estiviese siempre en mi espejo retrovisor derecho. Aplicamos la misma estrategia del viaje anterior: hacer nuestras señales de comunicación y obedecer al líder.

Todo iba bien, dejamos la autopista que sale de Lima para tomar la Ruta 20, mejor conocida como Carretera Central y el paisaje conocido nos hacia recordar nuestro primer viaje Elitero. Pasamos Matucana (Km 74, 2390 msnm), donde hicimos una pequeña pausa y empezamos el ascenso más severo y fue ahí cuando pude constatar que mi Elite no andaba al ritmo de antes, por lo menos no andaba igual que cuando hicimos la primera escalada, ya que la Elite del Tiburón pasó a ser la moto líder y poco a poco empezaba a distanciarce de mí sin poder mantener el ritmo. Decidí retirarle el filtro de aire a mi scooter, un truquito que mi viejo me había enseñado.

Otro problema que teníamos era la cantidad de autos que había en la ruta. Y es que parecía que todo Lima aprovechaba los feriados para viajar y qué mejor destino que la selva central, cerca, cerquita, calurosa y con buena comida.

Ticlio, lugar conocido

El Tiburón frenaba un poco su ritmo para no perderme. Le dije que siga y que nos veríamos en Ticlio, la primera parada larga programada. Al llegar a Ticlio y encontrarnos en el vertice de los Andes, el punto que divide en dos la cordillera: oriente y occidente, nos detuvimos a recargar combustible. Abrazos, fotos y revisar las Elite. Algunos de los autos que habíamos pasado en la ruta mientras ascendíamos también se detenían para tomar fotos y no podían evitar acercarse a nosotros con cara de asombro a preguntarnos cosas como de qué cilindrada son las motos, desde donde venimos, hacia dónde vamos y si estábamos locos. Nosotros muy felices y con un cierto aire heroico respondíamos a todas sus inquietudes y dejábamos que se tomen fotos con nosotros, con las scooter y hasta les prestábamos los cascos para que tengan una experiencia más cercana. Ahora que lo pienso, creo que debimos haber cobrado por eso. Como sea, no podíamos evitar sentirnos en el parnazo, con el pecho inflado y muy envidiados, ajá!


En esta parada realicé algunas correcciones al carburador de mi Elite y volví a colocar el filtro de aire que había retirado en Marucana. No vimos a los MotoRiders, así que continuamos con el viaje, pero esta vez ya nos tocaba lo fácil, el descenso. Próxima parada La Oroya, a 3750 metros sobre el nivel del mar y donde pensábamos tomarnos un buen desayuno. Tiempo estimado de llegada a esa ciudad, una hora. Tiempo total de viaje hasta ahora, unas tres horas y media.


El restaurante a la entrada de La Oroya estaba tan lleno de autos como la parada de Ticlio. Nos estacionamos justo al lado de la ruta por si los MotoRiders pasaban para que nos puedan ver. En La Oroya mantuvimos perfil bajo, no fotos, no fama, no preguntas que responder. Ya estábamos cansados de esto, fo!

Recorriendo la pampa

Una hora más tarde reanudamos la marcha, ya era casi medio día y estábamos lejos de llegar. Montamos, dejamos La Oroya y su infernar tráfico y enrumbamos rumbo a la laguna de Junín, que era una de las atracciones que habíamos programado ver. Nuestro amigo Tito “Nitro” Ugarte, empedernido viajero de categoría KTM 950 y Elitero en sus ratos libres, nos había comentado de todos los pormenores que debíamos tener para andar sin problemas hasta el lago: la descripción del camino, por dónde ir y los cuidados a tener.

Era la primera vez que el Tiburón y yo iríamos al lago Junín. Esto implica alejarse de la ruta que nos lleva a nuestro selvático destino. Entonces, en vez de tomar el desvío hacia La Merced (este), devíamos tomar el que va hacia Junín (norte) y recorrer más de 100 kilómetros sólo para llegar. Así que el tiempo apremiaba.

Recorrer la pampa de Junín es una experiencia increíble, ya que cuesta un poco creer que uno esté casi a 4 mil metros de altura y que podamos encontrarnos en una enorme pampa, plana y amplia, llena de pastos típicos de la puna y muchos auquénidos que pastan de ellos y cruzan el camino como estampida. Es una experiencia increible la de correr en moto al costado de vicuñas libres y “salvajes”. Pero no sólo eso, sino que tuvimos la compañía del Tren Andino que transporta el mineral entre la minera ciudad de Cerro de Pasco y Lima la capital.

Un poco de historia

Las Pampas de Junín son célebres ya que fue aquí donde se llevó a cabo la penultima batalla de la independencia del Perú, entre el Ejército Libertador Unido del generalísimo Simón Bolivar y las últimas huestes españolas que quedaban en América del Sur en el siglo XIX. Es muy fácil divisar el punto exacto donde ocurrió la batalla, ya que desde la carretera se puede ver el enorme obelisco que resalta en medio de la pampa y por un pequeño camino de tierra podemos ingresar al parque nacional que alberga el museo de sitio.




Era el 6 de agosto de 1824 y Bolivar decide cortarle el paso al ejército realista en las pampas de Junín. Bolivar divide sus fuerzas de la siguiente manera, oculta al regimiento de caballería de los Husares del Perú enre los arbustos de unos pantanos que conforman el nacimiento del enorme lago Junín y a su infantería la divide en batallones para enfrentar a los españoles, colocados entre las caballerías de los Húsares de Colombia y los Granaderos de Argentina. Bolivar y su estado mayor observavan la batalla desde unas elevaciones naturales, como lo hacía Canterac, el último virrey español y jefe de la milicia. La peculariedad de esta batalla es que durante la hora que duró (de 17 a 18), no se realizó ni un solo disparo y todo fue una lucha a punta de sable, lanza, escupitajos, insultos, muchos golpes y gritos de guerra y dolor. Bolivar es informado que su Ejército Libertador está perdiendo la batalla ya que los realistas vienen acuchillando a los patriotas, por lo que ordena a uno de sus generales ordenar la retirada total y salvaguardar al ejército. Este general le oredena a su ayudante, el mayor Rázuri, que se diriga a la caballería escondida entre los matorrales pantanosos, los Húsares del Perú, para informar de la retirada y replegarse todos juntos para así enfrentar a los españoles en otra oportunidad.



Es así que el mayor Rázuri sale al galope a cumplir la orden, pero en el camino ve una oportunidad de que se puede ganar la batalla. Al llegar a los Húsares del Perú da la orden de Bolivar un poquito alterada y con una arenga de por medio les ordena atacar a todo galope. Los Húsares entran en acción al grito de “Al galope, cargen!”, tomando por sorpresa a los relistas y ganando la batalla, que luego se conocería como la batalla de Junín. Bolivar en su retirada es alcanzado al galope por un mensajero de Razuri que traía un mensaje escrito a mano por el mismo mayor donde decía “Victoria”. Más tarde un general de Bolivar le dice al mayor desobediente: “Razuri, ud., merece ser fusilado, pero se le debe la victoria”.


Para terminar con la historia, unos meses después se lleva a cabo la última batalla por la independencia de America del Sur en las pampas de la Quinua, en Ayacucho. Poniendo punto final al dominio español y empezando una nueva página en la historia de toda Sudamérica. Esto fue posible solamente por hombres como Bolivar y otro gigante generalísimo como lo fue San Martín, quienes vienieron independizando naciones hermanas a lo largo de toda Sudamérica, Bolivar desde Venezuela y San Martín desde Argentina, coincidiendo ambos en Perú entre 1821 y 1824.

En el museo de sitio se puede apreciar todo esto y hay unos murales hermosos donde se rinde honores a los patriotas de todos los ahora países de la región: argentinos, chilenos, bolivianos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos así como panameños, cubanos, haitianos, rusos, franceses, irlandeses, ingleses e incluso españoles. Todos ellos lucharon aquí para darnos la libertad. Estar ahí, para el Tiburón y para mí era una cosa muy especial.

Retornando con el viaje, dejamos el lugar de la batalla para ingresar a la ciudad de Junín que se haya a orillas del lago. Ingresamos a la ciudad y tomamos un camino de tierra en perfecto estado (parecía una pista) para rodear el lago por el oeste. Recorrimos como la mitad del costado oeste y estábamos asombrados del paisaje. El lago Junín, de aguas azul profundo parece un espejo donde se reflejaba el cielo y a lo lejos podíamos ver la cordillera blanca del Callejón de Huaylas con sus picos nevados eternos. Los contrastes de colores eran increíbles y la libertad que ofrece andar en moto, bueno, en scooter, no te la da nadie!


Estábamos tan emocionados recorriendo el lago con el marco impresionante del paisaje que imprimimos mucha velocidad en la ruta. No pensamos en le peligro que es andar en tierra con llantas de asfalto. Por más que la superficie esté en buen estado siempre es peligroso, sobretodo en curvas con subidas y bajadas. Pero en fin, fuimos unos imprudentes, pero nadie nos quita lo vivido.

Dejando el lago

Paramos en un mirador en una zona alta al lado del lago, tomamos unas fotos, vimos a los animales que viven en el lago como los patos zambullidores y algunos camélidos, además de las vacas que pastan ahí. En eso vimos la hora y nos asustamos mucho. Eran como las 14h y recién estábamos a la mitad del viaje. Ahora, había que desandar lo andado, encontrar la Carretera Central otra vez y seguir desendiendo con rumbo selva.



El regreso por las pampas fue eterno. Andábamos a toda velocidad y parecía que no nos movíamos. Es el efecto de la pampa. El frío empezaba a sentirse un poco más y el adormecimiento general por las muchas horas de moto nos pasaba factura con el cansancio. Fue así que le comuniqué al Tiborón, que andaba siempre en mi espejo retrovisor derecho, que me estaba dando sueño. Se acercó a mi lado para conversar y me respondió que él también comenzaba a tener sueño. Así que pensé en una solución. Empezamos a hacer figuras acrobáticas sobre la moto. Pero no se asusten, cosas muy censillas, como levantar y sacar los pies por los lados, pararse en un pie haciendo el “angelito” estirando un pie por detrás, cambiando la posición en que estábamos sentados, algunas veces emulando el estilo de una chopper, otras a una pistera, etc. La pista, en eterna línea recta y la ausencia de otros autos en toda la ruta, nos hacía las cosas fáciles, pero aburridas, como ya dije.

Al fin! Alcanzamos el desvío Las Vegas y retomamos la Carretera Central para esta vez ir hacia el este y desender de esta puna fría rumbo a la calidez de la selva. De pronto nos entró un súbito chorro de adrenalina al cerebro, era algo extraño, ya que nos ocurrió al Tiburón y a mí. Sentíamos un deseo loco de bajar hasta Tarma a toda velocidad por esas curvas que invitaban a recorrerse por la totalidad de su asfalto negro y rugoso, mientras un hermoso sol a nuestras espaldas nos alumbraba perfectamente todo el valle de las flores rumbo a ciudad de Tarma. El sueño y cansancio habían desaparecido.

Hola Tarma, adiós Tarma

Mientras bajábamos como locos descolgados de los cerros, exigiendo al máximo los excelentes frenos de la Elite, nos fuimos dando cuenta de que la procesión de autos que veíamos desde Lima continuaba. Confirmado: todo Lima se viene a Chanchamayo. Pasabamos autos sin piedad, siempre sincronizados entre el Tiburón y yo gracias a nuestras señales de mano, mejor que walkie-talkie. De pronto, un Honda Civic negro, del año y que acabábamos de pasar, nos alcanzó y se puso detrás de nosotros, muy cerca. Seguimos sin importarnos pero en eso vimos que sus intenciones eran las de pasarnos. Apareció un camión enorme y bajamos la velocidad, ya que la ruta es estrecha y las curvas tienen poca visibilidad, cuando en eso el Civic nos pasó como loco. Luego de que pasáramos el camión volvimos a alcanzar al Civic negro, pero por más que tratabamos de pasarlo no nos daba espacio, aceleraba más y tomaba las curvas muy abierto, sin dejarnos espacio para el pase. Así que nos quedamos detrás de él por lo que quedaba del camino.

Llegamos a Tarma muy exitados, con la adrenalina aún corriendo por nuestras venas, casi temblando y muy mucho contentos. Nos abrazamos, golpeamos nuestros cascos, gritamos unas arengas y nos felicitamos. Eran casi las 17h, estaba por oscurecer y aún no habíamos almorzado. Dejamos las Elite en la Plaza de Armas, frente a un restaurante y entramos a almorzar. Nunca nos atendieron. Y cuando por fin alguien se dignó a acercarse a nuestra mesa fue para decirnos que tardarían 45 minútos como mínimo en tener lista nuestra comida. Ante este pésimo servicio decidimos retomar el camino con el estómago lánguido.

Dejamos Tarma luego de reabastecer combustible y nos agarró la noche. Viajamos tranquilos y llegamos sin contratiempos a la ciudad de La Merced. Buscamos un lugar para hospedarnos pero no encontramos nada. Nada de nada. Fuimos a la ciudad vecina de San Ramón y era la misma situación. Buscábamos a los MotoRiders y nadie nos daba razón. Así que le propuse al Tiburón buscar un lugar para almorzar/cenar cuando eran las 21h y exaustos.

Al estacionarnos frente a un restaurante y mientras nos quitábamos los cascos y demás implementos, aparecieron nuestros amigos MotoRiders. Se encontraban cenando en el mismo restaurante que nosotros habíamos escogido al hazar. Preocupados, nos preguntaron por las novedades del viaje, ya que habían oído de otros moteros que un motociclista en una scooter se había caído bajando de Ticlio. Todos pensaban que era yo, no sé por qué. La cosa es que no era yo y tampoco era mi scooter. Resultó ser un compañero de otro club motero pero que no anda en scooter. Por suerte no sucedió nada muy grave.

La pesadilla del hospedaje

Los MotoRiders nos comentaron sus planes: Al día siguiente salir temprano rumbo a Oxapampa, unos 76 kilómetros de nuestra actual ubicación. Nos dijeron que el 15% de la ruta era de tierra y el resto de un asfalto perfecto y que no sería problemo.

Aceptamos acompañarlos. Pero ahora nuestro principal problema era buscar dónde pernoctar, las horas pasaban, el cansancio se hacia sentir y nos esperaba al día siguiente otro día de motos. Además, nuestras chicas llegaban en bus a primera hora de la mañana, por lo que nos quedaban pocas horas de sueño. Y bueno, sí, las mandamos en bus porque somos concientes de que con dos personas, la Elite, por más buena máquina que sea, no va a llegar a subir los casi 5 mil metros que hay que transponer para cruzar los Andes.

El Tiburón sacó un As bajo la manga y llamó a un compañero de cleta que vive en la vecina San Ramón. Este amigo aceptó que nos quedáramos en su casa. Enrumbamos ahí sin chistar y tras la ceremonia de introducción intercambiando los como estás, a los tiempos que nos vemos y los pormenores del viaje, fuimos a un cuarto donde nos esperaban unos cojines y unas bolsas de dormir.

Nos dio una llave de la casa ya que el Tiburón y yo pensamos en salir a una discoteca ubicada entre las dos ciudades. Dejamos las Elite en la cochera y tomamos mototaxi. Llegamos, tomamos unas cervezas, chequeamos el material local y luego de unas horas retornamos a dormir. El problema fue que no había cómo regresar a San Ramón. No pasaba ni un auto, ni una mototaxi, nada de nada. Decidimos, luego de esperar mucho, caminar hasta la ciudad y nos internamos en la carretera que atraviesa la, a esta hora, oscura selva.

No veíamos nada, nos guiábamos con la luz de nuestros celulares y por ratos pasábamos cerca de alguna casa que tenía una pequeña luz encendida. Hasta que de pronto, la salvación. Apareció un mototaxi y rezamos para que esté vació. Pero no lo estaba. Seguimos andando y al rato vimos que regresaba. Era el mismo mototaxi que había dejado a sus pasajeros y regresaba por nosotros y claro, nos pretendía cobrar carísimo, algo que estábamos dispuestos a aceptar.

Unos kilómetros más allá se detuvo. La causa: se apagó el motor. Pasaron algunos largos minutos, casi una hora y al fin logró hacer arrancar el motor nuevamente. La pesadilla terminó cuando llegamos a la casa pasadas las 3 de la madrugada y el paraíso fue acurrucarme entre cojines y la bolsa de sormir sobre el frío suelo de la casa. El cansacio me hizo sentir que dormía sobre nubes en el paraíso.

Había sentido que acababa de cerrar mis ojos cuando un ruido me despertó. Era mi celular y eran poco más de las 5 de la madrugada. Nuestras chicas habían llegado más temprano de lo pensado y esperaban por nosotros en el terminal del bus. Se apiadaron de nosotros y tomaron un taxi para llegar. Ahora, los cojines y las bolsas de dormir sobre el suelo nos quedaban pequeños, ya que éramos cuatro culos tratando de entrar ahí.

A Oxapampa

Temprano, prestos a salir con los MotoRiders, el dueño de la casa nos ofreció desayuno y nos deseó buen viaje. Preparamos las cosas y salimos al encuentro de los otros moteros. Al llegar nos dijeron que vayamos avanzando y que ellos nos alcanzarían en la ruta, sabiendo la menor velocidad de nuestras scooter.


Todo bien, salvo que ese “15% de trocha de la ruta a Oxapampa” que nos dijeron, resultó ser un 40% en total de los 76 kilómetros. Pero ya estábamos ahí, dijimos y sin darnos cuenta atravezamos toda la trocha infernal. Pero para esto tuvimos que andar a menos de 15 kilómetros por hora, sortear huecos enormes, cruzar riachuelos que nos hacían replantearnos el retorno inmediato y atravezar una zona de barro que parecía chocolate fundido. La pesadilla de cualquier motero, salvo que seas un motocross.

Aún así, las Elite dieron la talla y soportaron el castigo sin problemas, pero terminaron hechas un asco. Totalmente sucias y embarradas que parecían hechas de chocolate. Y poco a poco y casi sin darnos cuenta encontramos el asfalto otra vez y fuimos muy felices. Comprobamos muy contentos que en esto sí tenían razón: el asfalto era perfecto, parecía hecho en el cielo.

El viaje por la selva fue increíble. Los paisajes y el calor son de lo mejor. Las Elite andaban con nuestras chicas atrás sin problemas y nos encontrábamos en una zona de curvas y pendientes ligeras a unos 900 msnm. Las chicas aprovehcaron para hacer unos videos y todos disfrutábamos el viaje.



La ruta asfaltada es atravezada por numerosos arrollos de agua, algunos muy anchos y profundos, el mayor que afrontamos era como de unos 15 metros de ancho y que cubría toda la pista, con una profundidad de agua de unos 5 centímetros. Algunos se encontraban en plena curva y normalmente los atravezábamos sin problemas. Hasta que de pronto escuchamos un ruido atrás y vi por el retrovizor una Elite que venía hacia mí arrastrándose por el suelo, sin pasajeros.

Regresamos y ayudamos a los caídos. El Tiburón y Sonia, a quien bautizamos “Sónica”, no tenían nada. Ni un solo razguño. Ambos estaban asustados y muy mojados ya que cayeron al agua. La Elite ni un solo raspón, producto de caer al agua también. Retomamos en viaje inmediatamente con la consigna de bajar la velocidad y NO GIRAR NUNCA EL TIMÓN AL ATRAVEZAR UN BADO DE AGUA EN ASFALTO. Pero unas cuantas curvas más volvieron a caer, igualmente sin ningún raspón. Otro milagro.

Llegamos a Oxapampa y esperamos a los MotRiders en la Plaza de Armas, mientras fuimos a almorzar, eran como las 13h. Nuestros amigos nunca aparecieron y unas horas después decidimos regresar a La Merced. Nos despedimos del calor de Oxapampa y nos llevamos algunas cositas de recuerdo, como miel de abeja, quesos y demás chucherías que compraron las chicas.

De vuelta en la carretera y mientras atravezaba un baden nos tocó caer a nosotros al agua. Pero esta vez mi chica sí se golpeó la rodilla. Paramos un rato, como una media hora para que se recuperara y en ese lapso de tiempo vimos a dos motos con gente local que vive por ahí caerse en elmismo baden de agua.

Retomamos el camino y perdí de vista al Tiburón. Paramos a esperar y al no verlos aparecer decidimos regresar a buscarlos. Los encontramos un poco más allá, mojados y con Sónica muy molesta, se habían caído por tercera vez y sin concecuencias. Merece su canonización este escualo.



Decidimos así, parar y esperar a una combi. Metimos a las chicas adentro con pasaje a La Merced y nos fuimos. Aún habían muchos badenes por atravezar y ya la cosa se ponía jodida y no queríamos arriesgarnos más. Rapidamente dejamos a la combi atrás y tras dejar la zona de badenes imprimímos un ritmo endiablado a las Elite. El camino invitaba y el poco tráfico también. Pero el placer acabó cuando encontramos nuevamente la zona de trocha que hay que atravezar. Empezamos andando despacio pero luego le metimos más velocidad, ya que ahora las Elite viajaban con menos peso. Mis llantas Pirelli nuevamente no me defraudaron y me permitieron andar a buen ritmo, sin sustsos ni resbalos en la tierra, barro, ríos y huecos. La frenada muy buena y sólo deslizaba un poco la rueda posterior, nada que no se pueda controlar.

Unos cuantos kilómetros antes de que se termine la zona de tierra nos alcanzó y pasó la combi donde viajaban nuestras chicas. Y al llegar al principio del asfalto las encontramos esperándonos. Todos a bordo y mientras retornábamos a la ciudad decidimos hacer una parada en un molino de café para ver el proceso y comprar algo de esa aromática semilla.

Tras esto, encontramos a los MotoRiders en su hotel y nos detuvimos a hablar con ellos. Resulta no no fueron a Oxapampa porque se dieron cuenta que el suelo de trocha era pésimo, así que decidieron regresar y diriguirse a otra ciudad por donde sí continúa el camino asfaltado. Pensamos dos cosas: o somos unos tontos que no sabemos en qué momento retroceder y salvaguardar nuestras máquinas y comodidad, como hicieron ellos, o somos muy avezados pero tontos. Queda para el anecdotario.

Regresando lo andado

El día siguiente era lunes 12, el feriado terminaba el martes 13. Así que decidimos regresar a Lima porque si no sería muy difícil con todo el tráfico del último día, recordemos que a todo Lima se le ocurrió venir a Chanchamayo. Preparamos todo para el viaje y las chicas tenían sus boletos para ese mismo día pero en la noche, cosa que las recogeríamos en Lima el martes a primera hora.

La mañana del lunes 12 estabamos ya en la ruta desandando lo andando el Tiburón y yo, tal cual habíamos venido. El viaje lo planteamos tranquilo y sin apuros, ya no teníamos que visitar el lejano lago Junín ni teníamos apuro. Nos propusimos disfrutar más del paisaje. Pero aún así, nuestra adrenalina se disparaba y andábamos al máximo de velocidad, siempre.

Pero no se asusten, cuando digo el máximo de velocidad no me refiero ni a 100. Recordemos que estas Elite son 125 centímetros cúbicos y con transmisión automática. Sumado a la altitud sobre el nivel del mar a la que nos encontrñabamos durante todo el viaje y las largas pendientes que teníamos que ascender, hacían, que con esfuerso, nuestra máxima velocidad sea, con suerte, unos 60 kilómetros por hora. A veces en bajadas podíamos llegar a 80.

De regreso en la ingrata Tarma paramos a reabastecer combustible por última vez y continuamos rumbo a Ticlio, el divortium acuarium. Pero antes de llegar a Ticlio y tras dejar La Oroya mi Elite se apagó en plena subida. Revisé todo y encontré que no pasaba gasolina. Saqué el filtro de gasolina, lo soplé un poco, soplé las mangueras, volví a armar y listo, encendió y como nueva otra vez. Pero el susto fue tremendo!

Ticlio y sus punas heladas, que lucian con poca nieve por no ser temporada, se encuentra a 132 kilómetros de la ciudad de Lima y marca el ingreso al departamento del mismo nombre. A 93 kilómetros de Lima está el pueblo de San Mateo y fue ahí donde paramos a almorzar. Habían algunos autos en la ruta y vaníamos siguiendolos. Pero al parar en el restaurante de San Mateo e ingresar, nadie nos preguntó nada, como sí lo hicieron en Ticlio a la ida. La fama es ingrata.



A unos 50 kilómetros de Lima paramos en un lugar a lavar las motos. La verdad estaban irreconocibles. Llenas de barro, tierra, polvo y marcas de pies y manos por todos lados. Tras la lavada y descanso entramos a Lima como a las 19. Tranquilos, felices y muy pero muy cansados. Al momento de despedirnos, el Tiburón y yo coincidimos en una cosa: el destino es lo de menos, lo importante es viajar.

Epílogo

Fueron unos mil kilómetros de viaje en total. De los cuales el 60% se realizaron sobre los 3500 metros de altura sobre el nivel del mar. El 15% fue por rutas de tierra y de esos, el 5% fue de tierra en pésimo estado. La duración del viaje en total, es decir, el tiempo que pasamos montados en la scooter fue de unas 18 horas acumuladas en 3 días y consumimos unos 9 litros de combustible de 90 RON en total. Todos estos son datos muy aproximados, casi exactos.

Así, la Elite nos ha demostrado que sobrepasa sus prestaciones si uno la sabe llevar y que es una máquina muy confiable y que nunca te dejará botado. Además de ser segura y cómoda. Como siempre, volvemos a lo mismo y te damos la razón: es una scooter hecha para la ciudad, por lo que no es para nada cómodo ni recomendable llevarla a viajes largos como hemos hecho nosotros, ya que su poca autonomía nos hace tener que llevar siempre depósitos auxiliares de combustible para reabastecer en la ruta. Sumado a esto tenemos la poca velocidad final que alcanza y lo incómoda que resulta en trayectos muy largos, digamos, más de 3 horas. El pequeño tamaño de sus neumáticos y su baja altura son otro punto en contra, lo que hace que los baches e irregularidades del camino se hagan sentir mucho al igual que su suspensión blanda, no recomendable para rutas largas ni caminos sinuosos. Destacan sus frenos y su bajo consumo de combustible en todo momento, su motor infatigable y por su puesto su estética, ya que donde va se hace notar y resalta por sus líneas muy bonitas. Otra nota importante es que ambas Honda Elite, identícas, eran nuevas, del mismo año, con un promedio de uso de 5 mil kilómetros entre las dos y se encontraban totalmente estandar, tal cual salieron de fábrica, sin ninguna alteración ni modificación. Salvo por los neumátocos nuevos que le puse a la mía para mejorar sus prestaciones, lo cual es una obligación para la Elite, más que una recomendación, ya que los neumáticos originales con que viene son muy malos, lo confirman las 3 caídas del Tiburón y la tenida en curva, donde mi Elite era notablemente más rápida y más dócil de inclinar y controlar.


Así, esperamos que estas crónicas sean tomadas como una referencia y quizá hasta como un precedente. Nuestra intención a sido, simplemente querer compartir con nuestros amigos moteros y sobretodo Eliteros esparcidos por todo el mundo nuestras vivencias y amor por estas pequeñas motitos.

Esperamos que la próxima aventura sea con todos y en verdaderas motos, hechas para estos menesteres.
Acá un video resumen de una pequeña parte del viaje.

Fe de erratas: El año en el video es 2008

martes 8 de abril de 2008

A 4818 msnm en una scooter


[pulsar en las imágenes para verlas en alta resolución]

Y de verdad que ahí estábamos. Hacía mucho frío, menos de cero nos dijeron, caía un granizo pequeño que no era granizo, pero que tampoco era nieve, estaba entre los dos y las scooter, estoicas, aún funcionaban y andaban sin problemas, bueno, con los problemas típicos de estar a gran altitud. ¿De qué scooter hablamos? De la mejor, la Honda Elite 125 tipo I modelo 2007.

Y aquí estábamos, 132 Km después y a 4818 msnm., en sendas scooter. Quién lo diría, llegamos y aunque mi fe no era a prueba de balas, nunca dudé en llegar a Ticlio. Suena contradictorio, lo sé, decir que no tenía fe de llegar, pero que no dudé en que llegaríamos. Lo que pasa es que pensaba que en algún punto deberíamos de regular el motor para continuar el viaje o que de pronto los motores se apagarían y deberíamos empujar. Precisamente de eso se trataba mi disyuntiva y falta de fe, de que llegaríamos a Ticlio, sea como sea, aunque sea empujando las scooter y a casi cinco mil metros sobre el nivel del mar, la tarea de empujar hacia arriba más de cien kilos sobre ruedas se haría más que pesada, casi imposible. Aún así lo haría.

EL ABRAZO SUDAMERICANO
Pero vayamos al principio de lo que nos lleva a emprender esta hazaña. Todo parte del “Abrazo Sudamericano”. Campaña empecinada por un Albatros bogotano que tras comprarse la primera moto de su vida y emocionarse como todo aquel que tuvo una moto por primera vez en su vida, no tuvo mejor idea que querer recorrer todo Sudamérica de cavo a rabo en moto.

Su itinerario es salir de Bogotá en su scooter, solo o acompañado, no le preocupa, sabe que tiene amigos por todos lados que le ofrecieron recibirlo y hasta salir a rodar con él por algunos kilómetros, si no lo acompañan el resto del viaje. Entonces, salir de Bogotá, bajar a Lima y unirse a los Eliteros peruanos por un rato para luego emprenderla hacia Chile y sus buenos Eliteros. Aquí surgía la duda: ¿Para ir a la Argentina, pasarán los Andes las scooter? Así que le dije que lo iba a averiguar por él. Así no habría problema para realizar el “Abrazo” y retornar por Brasil y Venezuela rumbo a Colombia otra vez.

No es que necesite una excusa para salir de viaje, ya que cuando alguien me preguntaba el por qué de ese viaje a Ticlio simplemente respondía “sólo por ir”, pero agregaba una excusa más: “demostrar que las Elite son muy buenas, la mejores”. Pero en realidad sólo quería viajar y si había excusa, mejor aún. Lo bueno fue que otros Eliteros locales se contagiaron muy fácil de mi idea y decidieron acompañarme. ¿Quién decía que la locura no se contagia?

A LA PUNA EN MOTO
Domingo 6 de abril, 06:15 horas: Gasolinera Primax del Jockey Plaza. Ya Luigi se encontraba esperando cuando yo arribé. Todo lucía tranquilo y sin ruido mientras nos preparábamos para el viaje. Así, tras la llegada de José Antonio “El Tiburón”, llenamos los tanques de combustible y los bidones de dos galones que irían en el hueco porta casco debajo del asiento, compramos algo de beber y galletas y tras revisar la presión de aire de los neumáticos dijimos “Ticlio, allá vamos” y salimos raudos y felices.

El itinerario era el siguiente: Tomar la Panamericana Norte hasta la salida con la autopista Ramiro Prialé, que nos llevaría directo a la ruta 20, mejor conocida como la Carretera Central. La primera parada estaba programada para hacerse en Matucana (Km 74, 2390 msnm), pero nuestras vejigas pudieron más que nuestro espíritu, así que tuvimos que hacer una “parada estratégica”, como le llamaríamos. En Matucana nos recibieron con campanadas desde la catedral y los curiosos venían a ver nuestras monturas de cerca. Desayunamos, un café bien cargado para Luigi y para mí acompañados de sanguchitos y una sopa o no sé qué para el Tiburón.

Seguimos el viaje siempre hacia el este y subiendo la cordillera. El río Rímac de encañona definitivamente y las enormes paredes de piedra cortada para trazar esta carretera impresionan. Cuando en eso escuché un ruido muy fuerte, un zumbido veloz y pronto a mi lado se aparecía una Yamaha que parecía la YZF-R6, en ese azul distintivo que caracteriza a las Yamaha. Hizo sonar la bocina, saludó con el dedo pulgar levantado y tras un par de aceleradas que retumbaron entre los cerros, desapareció entre las curvas malditas. Fue obvio que todos sentimos esa sana envidia de querer ser el sujeto que nos acababa de rebasar. Pero estoy seguro que él habrá pensado “qué bravos para venirse por acá en esas scooter, deben ser unos curtidos y temerarios moteros!”

Camiones bajaban, camiones subían y compartían esto con los buses en una constante de enormidad. Muchos de los choferes con los que nos cruzábamos nos saludaban con la bocina y se veía en su rostro una gran sonrisa de asombro y admiración. Así fuimos pasando kilómetros y aún las Elite se sentían en buena forma. Además, el lenguaje de señales que estudiamos para comunicarnos nos fue de mucha ayuda verdaderamente. Gracias a esto podíamos, al que le tocaba de líder, avisar a los de atrás sobre baches, huecos, piedras y demás obstáculos hallados en la pista, así como dónde bajar la velocidad, cuándo adelantar, cuando parar, etc. Éramos súper responsables y súper educados y lo pasábamos muy bien, disfrutábamos cada curva, parábamos para las fotos y videos entre el paisaje hermoso y las Elite perfectas.

LA TORMENTA
Hasta que de pronto, antes de llegar a San Mateo, Luigi nos advierte que por más que aceleraba a fondo, su Elite ya no daba. Le dije que no acelera a fondo, que la acelere progresivamente y que al llegar a San Mateo, que era la siguiente parada programada, haríamos el ajuste del carburador de su scooter.

San Mateo de Huanchor (Km 93, 3240 msnm). Parada programada para abrigarnos más, descansar y de paso, ajustar las Elite. La del Tiburón y la mía subían sin problemas, salvo lo normal experimentado por la altitud. Pero, tras la regulación al carburador de la Elite de Luigi, los tres seguimos el camino a nuestro destino nevado. Un dato curioso fue comprobar que al estar estacionados en esa placita, las Elite en ralentí ya se apagaban al cabo de un corto rato. También fue grato ver cómo los pobladores, al igual que en Matucana, se acercaban a saludarnos.

Pasamos el asiento minero de Casapalca (Km 117, 4200 msnm) y empezó a caer agua del cielo. Una lluvia muy ligera, menos mal ya estábamos bien abrigados. Aun así, teníamos las manos entumecidas, pero podíamos utilizarlas sin mucho problemas para accionar los frenos. Unos cuantos kilómetros más y la ligera pero constante lluvia se convirtió en granizo. Un granizo muy pequeño y suave, que no era ni hielo, ni nieve, pero que empezó a generar que del asfalto calentado por el sol se levantase una gruesa, por ratos, capa de niebla que nos hacía por momentos encender las intermitentes y andar con cuidado, ya que ninguno de nosotros tenía experiencia de conducir sobre hielo o pista húmeda y menos aún con cero visibilidad por ratos, además de que Luigi y José Antonio aún calzan sus llantas originales.

LA CALMA
Por un momento la cuesta en la ruta se vuelve más pronunciada y las Elite empezaron a perder velocidad. Fue ahí cuando pensé en que llegaría empujando la scooter los últimos metros. Pero luego de un rato se niveló un poco la ruta y la velocidad empezó a subir otra vez. Disminuyó la granizada y se despejó un poco la neblina. Era como que los elementos de la naturaleza se ponían otra vez a nuestro favor. Nos agrupamos los tres, casi lado a lado y empezamos a gritar arengas como “¡Llegamos huevón!; ¡Ya estamos, ya la hicimos, un poco más!; ¡Somos lo máximo caraxo, las Elite son lo máximo!” Y cosas así. Cuando de pronto el suelo se niveló, la humedad desapareció y se despejó el cielo. Un enorme cartel verde nos indicaba que nos encontrábamos en Ticlio, Abra Anticona, Km 132 y a 4818 msnm o 15806 pies: Punto Ferroviario más alto del mundo. Eran las 12 y algo y la velocidad a la que llegaron las Elite fue de unos 35 Km/h. No está mal, nada mal.

La ruta empezaba su descenso hacia la vertiente o cuenca del Atlántico. Pero nosotros nos quedábamos aquí, en el Divortium Aquarium.

ESTO ES TICLIO
Salimos de la ruta, nos desmontamos, nos abrazamos y golpeamos muy fuerte producto de la adrenalina y la testosterona, algo que nuestros antepasados cavernícolas podrían explicar. Fotos por todos lados, videos, dificultad para respirar y por consiguiente hablar y las Elite, aunque se apagaban al poco rato de dejarlas en ralentí, aún andaban si no dejabas que se apaguen y encendían sin problemas cuando se apagaban. Pero si bien la felicidad nos acompañaría todo el resto del tiempo y hasta el día de hoy, el clima decidió volver a lo acostumbrado y la granizada arreció, así como la neblina, que rápidamente nos rodeó producto del fuerte viento y nos quitó la espectacular vista de los picos nevados. Así que antes de que desaparezcan por completo, aproveché para tomarme una foto lo más idéntica posible a la que tiene mi papá con su moto en Ticlio también, pero en la segunda mitad de los años sesenta. Así que ya empecé una tradición, les tocará a mis hijos continuarla.

Un poblador (sí, ahí vive gente), nos indicó dónde podíamos tomar algo caliente y comer. Así que fuimos para allá, dejando a las Elite al capricho del temporal. ¿Prenderían luego?

Sendos mates de coca les transmitían calor a nuestras manos desnudas y congeladas que aferradas a la taza pugnaban por recuperar el calor y control por dejar de temblar. Las galletas bañadas en chocolate nos daban algo de energía calorífica y el hecho de estar aislados del exterior y en un lugar calientito gracias a la cocina, nos hacía que dejáramos de temblar y que nos sintiéramos en el cielo. Literalmente.

Sabía de antemano que la lluvia fuerte empezaba a partir de las 16:00 y esto fue confirmado por los pobladores locales. Así que sin nada más que hacer, decidimos emprender el retorno. Pero algunos camioneros que habían parado a descansar ahí tenían otros planes para nosotros.

Pero no se asusten, sólo querían tomarse fotos. Así que los subimos a las Elite, les pusimos los cascos y todo y les tomamos todas las fotos que querían. ¡Lo máximo!

EL RETORNO DE LOS RIDERS
Luego de retirar un poco la nieve que las cubría nos sorprendimos de ver que encendieron sin problema a pesar del frío y la altura, así que la bajada fue un relajo. Casi ni teníamos que acelerar y los frenos los usábamos muy poco, ya que la Elite, si bien es automática, se mantiene enganchada todo el tiempo y esto nos da el famoso efecto de “freno motor” al dejar de acelerar. El único problema era la pista mojada, empapada ya y el granizo constante que luego se convirtió en lluvia.

Al llegar a San Mateo ya no llovía y según nuestro plan, era la parada para almorzar. Eran las 15:00 aproximadamente y el lomo con papas de Luigi competía con el bistec apanado mío y la sopa de patasca del amigo Tiburón. Las Elite andaban sin problemas. Anécdota: Curiosamente, el odómetro del Tiburón marcaba exactamente mil kilómetros.

Sin darnos cuenta ya estábamos en Matucana y el paisaje se había puesto tan bonito como durante la subida. El sol alumbraba todo y los colores se lucían mejor que nunca. Supongo que esto lo notábamos ahora más que en el ascenso porque ya veníamos más relajados y sin prisas. Además de que parábamos más seguido para las fotos y videos.

Más cerca a Chosica (la puerta de Lima) y más horrible se ponía el tráfico y el calor nos hacía sudar. Así que tomaos un desvío en Ñaña que nos llevaría a la autopista Prialé, pero antes paramos para quitarnos las capas de ropa. Volvimos sin problemas desde ahí a la misma estación de servicios que nos vio partir hacía casi 12 horas atrás. Eran las 18:00 y estábamos regulando el carburador de Luigi para funcionar otra vez al nivel del mar. Un gran abrazo y felicitaciones mutuas otra vez por la hazaña realizada y ya planeábamos otro paseo a otro sitio, mientras recordábamos la experiencia que acababa de terminar.

En resumen. Si bien en las reuniones de los miércoles las opiniones dentro de los Eliteros peruanos estaban divididas en dos flancos claramente marcados. Nosotros, la minoría, haríamos el intento de todas maneras y los otros, la mayoría, ya nos veían como locos. Pero es cierto, hay que estar medio loco por lo menos para intentar algo así, subir a casi 5 mil metros en una scooter automática con un motor de 125 cc. carburado. Algunos nos profetizaban lo que sucedería: “El motor recalentará, se apagará, no subirán, etc…” Pero aún así y pese a que algunos Eliteros desertaron días antes del viaje, logramos demostrar que aún con una moto pequeña, podemos ser tan moteros como cualquiera. Ahora podremos mirar a los ojos y en el mismo escalón a todos los demás moteros del mundo, ya que llegar a Ticlio con una moto, propiamente dicha y de generosa cilindrada, es cosa fácil que cualquiera podría hacer. Hacerlo con una scooter diseñada para la ciudad, sólo unos pocos, los elegidos, pueden hacerlo, jeje…

[A continuación les dejo el video, partido en dos, del viaje, con imágenes inéditas de las Elite rodando desde otra Elite. No se lo pierdan]

Parte 01: El ascenso y llegada.


Parte 02: La bajada y despedida.

martes 19 de febrero de 2008

400 km y regreso

[pulsa en cualquier imágen si quieres verla en máxima resolución]

Si bien la scooter ya había cumplido el kilometraje necesario para su servicio, decidí que éste se haría al regreso de Lunahuaná, total, confiaba en que el aceite sintético que le coloqué en el servico anterior me daba más protección que el aceite normal que suelen usar, por lo que unos 400 kilómetros más no le harían daño. Entonces fue que le respondí a Val: "Ok, vamos a Lunahuaná para el fin de semana", tras su pregunta de "¿qué te parece si hacemos rafting en Lunahuaná?, mi hermano dice que es muy bueno y hasta mi mamá lo ha hecho". Tras esto, seguimos cenando.

Así que los días previos al fin de semana me dediqué a preparar las cosas para el viaje. Si bien había escuchado de otras personas que tienen la misma scooter que yo, haber hecho largos viajes de como 600 kilómetros sin problemas, igual tenía mis dudas sobre cómo se comportaría la mía.

La mía, es una sccoter Honda Elite 125 tipo I modelo 2007 color plata, pero yo le digo Rita.

Fue así que Rita y yo fuimos a comprar ciertos implementos que nos podrían salvar en caso de algún percance leve. Primero compré unas tiras elásticas con ganchos de diversos tamaños para llevar equipaje en la parrilla posterior, luego un aerosol que dice que en caso de un pinchazo de neumático lo infla y lo parcha, todo mientras uno sigue conduciendo. Además, decidí aumentar la autonomía de Rita, ya que su tanque de combustible de 6 litros me permite recorrer como 180 kilómetros y al no saber qué gasolineras encontraría en la ruta, decidí comprar un depósito de 8 litros de combustible en el compartimiento guarda casco debajo del asiento, lo que me permitía tener una autonomía de más del doble, pero con la desventaja de cargar peso extra, algo que no me gustaba mucho ya que no sabía cómo se comportaría Rita en la subida a Lunahuaná.

Para los que no conocen, Lunahuaná es un pueblito a 180 kilómetros al sur y este de Lima, dedicado a la producción de pisco y vino, y famoso también por sus camarones. Se encuentra enclavado en el valle del río Cañete a 38 kilómetros de la Panamericana Sur, dejando la costa y subiendo por la cordillera hasta los 500 msnm. El clima es cálido y seco todo el año y la población vive básicamente del turismo, ya que por su ubicación, cuenta con una serie de servicios de aventura, como canotaje o rafting, como dice Val, así también es posible navegar en los rápidos del río Cañete en kayak, montar bicicleta de montaña, escalar palestra y volar en parapente, así como algo tranquilo como un paseo en caballo, disfrutar de las varias piscinas o tomar fotografías mientras se camina por ahí. Como vemos, es el pueblo de la adrenalina y el relax también, ya que cuenta con muy buenos hoteles, restaurantes para todos los gustos, bares y discotecas que se llenan en la época de temporada alta, como le llaman los lugareños al apogeo de estas actividades.

Por su ubicación, a poco menos de 3 horas de Lima y las cosas descritas anteriormente, vale la pena conocer Lunahuaná y bueno, nosotros lo haríamos en motocicleta. Fue así que tras dejar todo listo la noche del viernes, salimos de Lima muy temprano el sábado y antes de las 8 ya estábamos en la Panamericana Sur. A esa hora el tráfico es tranquilo y fluido, además de que el sol no molesta mucho por más que sea verano. Es más, tras los primeros kilómetros yo empezaba a tener frío.

El viaje transcurrió tranquilo mientras nos deleitábamos de la libertad que se siente de andar en moto y tener una vista privilegiada de, prácticamente, 360 grados a nuestro alrededor. Fue así que tras una hora de viaje y a la altura de Bujama (Km 90), decidimos hacer una parada para tomar una foto, ya que la Panamericana en ese punto pasa rosando el orilla del mar y de paso revisar el tanque auxiliar de combustible que no goteara. Estirar las piernas, buscar el marco para la foto, mirar el mar con el sol a nuestras espaldas aún bajo y proyectando esas sombras largas de los objetos que baña con su luz. Respirar el mar, click aquí, click allá y seguir la marcha.

Menos de 10 kilómetros más y ya estábamos en el famoso boulevard de Asia, buscando algún lugar para tomar desayuno. Eran las 9 y nos detuvimos más de una hora a descansar y llenar el tanque en una gasolinería de allí.

El sol ya era más fuerte cuando retomamos la ruta siempre al sur por lo que tuvimos que guardar las chompas en la mochila que llevábamos en la parrilla posterior. Pero una vez en la autopista se disfrutaba del fresco gracias a la velocidad y la brisa marina, lo que me volvió a dar frío.

La carretera se aleja del mar y entramos al valle del Cañete y el paisaje desértico que acompaña al océano, se convirtió en campos verdes y ligeras colinas llenas de algodón, espárragos, mandarina y camote, así como también la presencia de mayor tráfico, producto de estar cerca a la ciudad del mismo nombre.

Atravezamos Cañete raudos y tomamos el desvío al este para subir hasta Lunahuaná. Rita no mostraba ninguna molestia ni síntoma de cansancio y sin darse cuenta nos había conducido a un promedio de 90 km/h desde que salimos de Lima. Algo sorprendente para una scooter orientada netamente al uso en ciudad y recorridos cortos. Recordé algo que me dijo un curtido motociclista que tenía una enorme chopper Yamaha de dos cilindros y como 1400 cc: "Con esa scooter puedes irte a la Argentina y vas a llegar, sin problemas". Bueno, ya había recorrido 142 kilómetros desde que salí de Lima y todo iba bien, así que recorrer otros 5 mil hasta la Patagonia no debería de ser mucho problema. Pero quizá para la próxima.

Salimos de la ciudad de Cañete y empezamos el ascenso, muy ligero y con curvas más desafiantes que las larguísimas y casi rectas curvas de la Panamericana. Así, mientras el paisaje se tornaba rodeado de cerros y el río por constante a un lado de la ruta, sentimos como dejábamos el húmedo clima de la costa por el seco aire de las montañas. De pronto el calor se hizo una cosa molesta, ya que como la velocidad no era constantemente alta, el viento no me refrigeraba lo suficiente y la falta de humedad hacía que el aire quemara al tocar mi piel.

Poco a poco íbamos subiendo y me iba adecuando más al manejo de la scooter, ya que nunca la había conducido por curvas tan cerradas y rápidas. Fue así que inclinaba cada vez más la moto mientras le ganaba confianza. Hasta que de pronto, en una curva derecha que resultó más cerrada de lo que parecía, tuve que inclinar más de la cuenta la moto para tomarla sin invadir el otro carril y un sonido proveniente de la parte inferior, me anunciaba que había raspado el soporte central de la moto contra el asfalto. Había alcanzado el límite de inclinación de Rita y no sólo eso, lo sobrepasé por un poco, pero la scooter ni se dio cuenta y seguía el viaje sin problemas.

Luego de ese pequeño susto y del grito desgarrador que soltó Val para luego moler a golpes mi espalda (es el problema de andar en moto, no hay cómo defenderse), seguimos el viaje sin problemas hasta Lunahuaná.

Debo resaltar acá que a pesar del peso que cargaba la Elite, es sorprendente el comportamiento que tiene en carretera y sobretodo en ascenso. Podía subir por las montañas entre 60 y 80 km/h sin problemas y sin tener que acelerarla a fondo. A pesar del calor, Rita seguía sin mostrar ninguna molestia.
Tras 38 kilómetros de dejar Cañete o 45 minutos de viaje, llegamos a la adrenalínica Lunahuaná. Ingresamos al pueblito y enrumbamos a la Plaza de Armas, para dar la vuelta triunfante y de honor tras la faena cumplida. Me sentía como si hubiera sido el primero en escalar el Himalaya, toda una hazaña. Pero eso lo guardé para mis adentros, nadie se dio cuenta, pero si alguien se hubiera acercado a ver la moto, lo hubiera abrazado de emoción.

Estacionamos la moto frente a la catedral para tomar fotos y reconocer el lugar y comprobamos que tras el terremoto de como 8 grados que asolara esta zona en agosto del año pasado, aún se podían ver sus estragos. Las paredes de la catedral mostraban grandes rajaduras y desprendimiento de partes exteriores de la fachada. Grandes lotes baldíos nos indicaban el lugar donde antes había habido casas y que ahora, tras el plan de reconstrucción del gobierno, habían sido despejadas y se preparaban para construir otras que sí soporten terremotos.

Tras el reconocimiento y las fotos, decidimos buscar el hotel. Así que fuimos a uno que un amigo nos había recomendado. El Moye, a dos minutos del pueblo siguiendo la carretera. El Moye es un hostal bonito y grande, con una piscina y buenas comodidades. Como me lo habían recomendado nos quedamos ahí y no vimos otras alternativas. Luego nos enteramos de que la luz la conectan a partir de las 18 y que el agua caliente está disponible sólo en la noche, supongo a partir de las 18 que conectan la luz. Bueno, al menos hay televisión por cable y piscina, dije para mis adentros tratando de no sentirme estafado. En la tele sólo hay 3 canales y son de señal abierta, es decir, televisión basura. Por lo menos me queda la piscina...

Dejamos la moto, las cosas, nos pusimos los trajes de baño y regresamos al pueblo caminando para tomar uno de estos servicios de rafting, perdón, canotaje. Los chicos de HeMiRiver nos atendieron muy bien y la aventura fue de lo mejor. El río se encuentra muy crecido por las lluvias de la sierra y hay olas para todos los gustos.

Tras la experiencia en el río descubrí que mi reloj tenía humedad dentro. Me olvidé de llevar mi reloj viajero y que sí ha demostrado ser resistente a los baños. Pero aún así lo quería volver a hacer, pero ahora en un nivel más difícil. Así que me espera otra visita a Lunahuaná.
En esa aventura saltando rocas y olas en el río, conocimos a una pareja conformada por un catalán y una colombiana, muy buenas personas ambos y con quienes pasamos el resto del día y la noche, entre vinos, piscos y buena comida, todo esto en el marco de una agradable conversación, jodiendo a los españoles, jodiendo a los peruanos, a los quebequenses y a los colombianos. Reíamos mucho y no sólo por efectos del alcohol.

Al día siguiente decidí pasar toda la mañana en la piscina. Al llegar estaba todo perfecto, el hidromasaje funcionaba y la catarata artificial también. Me tumbé a tomar sol y calentarme un poco antes de ingresar y disfrutar eso, cuando apareció el dependiente y apagó los artilugios de la piscina, justo en el momento que me iba a meter. Le increpé, pero me dijo que el motor se calienta y que debía descansar un rato. Respondí que el motor de mi moto también y que para eso están diseñados, pero se fue y me dejó una nube negra sobre la cabeza. Igual me metí al agua pero ya no la disfruté tanto. Así que nunca más en El Moye. Gracias por la recomendación, ex amigo mío...

Luego del piscinazo nos preparamos para el retorno, dimos una última vuelta a la Plaza de Armas para comprar algunas cosas y emprendimos el retorno a Lima. El descenso a la costa fue tranquilo y de mucho disfrute. Al ingresar a la Panamericana de vuelta perdimos tiempo tras unos camiones muy largos y lentos, hasta que por fin se despejó y los dejamos atrás, siempre andando a 90 km/h.

Llegamos al boulevard de Asia y paramos a almorzar. Aproveché para utilizar, por fin el combustible de emergencia que llevaba y rellenar el tanque, además de perder algo de peso, por fin. Además de esto, se me ocurrió hacer algo que no había hecho y que debí antes de salir de Lima. Revisar el nivel de aceite. Todo bien. Luces bien. Ánimo bien. Hambre, ¡mucha!

Una enorme pizza e ingentes cantidades de líquido fueron suficiente para este rider y su acompañante, mientras Rita descansaba. A las 15 regresamos a Lima, era domingo y el tráfico de retorno se pone pesado a partir de las 17, así que quería evitar ese calvario.

Las lenguas de asfalto trascurrían bajo nosotros sin problemas, pero mientras más cerca de Lima estábamos, más denso se ponía el tráfico y más apurados parecían todos. Me disgusta ver cómo nos adelantaban y se cerraban frente a nosotros sin guardar la distancia de seguridad de 30 metros establecida en el reglamento. Igual andaba atento a mis espejos y ver a los imbéciles que se nos venían encima.

Al llegar a nuestra casa me quedé un rato a solas con Rita en la cochera y simplemente la contemplé por un rato. Estaba sorprendido de la capacidad de esa moto. Tras sacar todas las cosas de su interior y estacionarla en el jardín procedí al lavado de rigor. No estaba ni si quiera tan sucia como pensaba. Pero se había ganado su lavado al detalle, además, al día siguiente debía llevarla a su servicio y no quería que fuera toda cochina. Al del taller aún le cuesta creerme que nos fuimos a Lunahuaná en esa scooter y me ofreció otra moto más rápida para que comprará si pretendía hacer viajes así. Y tiene toda la razón, ya que la Honda Elite 125 es un vehículo diseñado para distancias cortas y uso netamente urbano, por su suave manejo, poca autonomía y fácil conducción por ser automática. Pero lejos de deshacerme de mi Rita, veré una motocicleta más grande y veloz para usarla sólo para viajes, que espero hacer muchos junto con Valérie, además de mantener a Rita para el uso diario en ciudad.


Nota: El asiento de la Elite no es muy cómodo para estar ahí por laaaaaaaaargo rato. El dolor de culo se vuelve insoportable para ambos pasajeros.

Únete a la comunidad Honda Elite de Latinoamérica, visita nuestro Grupo en Internet:
http://espanol.groups.yahoo.com/group/hondaelite125/
E ingresa a nuestro foro:
http://hondaelite.forosactivos.com/index.htm

viernes 28 de septiembre de 2007

Puna Madre!

El martes 11set llegamos a Cuzco Martín y yo. La verdad es una bonita ciudad, superó mis expectativas. Ya sólo me falta conocer Ayacucho (y quizá Abancay) para tener en mi registro todas las ciudades de la sierra. En Cuzco visitamos los atractivos de la ciudad: Koricancha, Saqsayhuamán (o sexywoman como le dicen los gringos), además de museos y demás monumentos líticos a la piedra (fo!). El primer día del tour conocimos a 5 gringas de California y lo pasamos chévere, fuimos a comer y anduvimos por ahí con la vida nocturna, además de visitar todas las piedritas de 200 mil toneladas (y cientos de años) con ellas, tomar chicha de jora y comer harta pizza! Ya teníamos el toque femenino que faltaba a la excursión y de paso practicábamos nuestro spanglish.

Estoy feliz porque en Cuzco hay un Bembos y como fanático de éste, he almorzado ahí 3 de 5 días. También comí alpaca y harto mate de coca. Luego visitamos el Valle Sagrado y otras piedras más. Luego más piedras y por último un cerro enorme con muchas piedras, seguido de otro más. Uf! Claro que para eso tenemos que subir miles de escalones de piedra. A estas alturas creemos que los incas construyeron toda la cordillera, desde Alaska a la Patagonia... y quizá el Tíbet.

Luego de Cuzco y sus gringos, visitamos el último santuario gringo: Machu Picchu y que está hecho de pura piedra. Para llegar a MaPi (como le dicen los locales a Machu Picchu) se hace sólo en tren y esto me emocionó mucho ya que era la primera vez que viajaba en este paquidermo motorizado (no estoy contando los trencitos de la feria). Toda una experiencia! Pasamos dos noches en MaPi y en una de ellas quisimos acercarnos a bailar con un par de gringas buenas que nos hacían muchas señas y que estaban por ahí, pero nos llevamos un tremendo chasco, ya que a Martín como a mí no nos hicieron caso y nos dejaron paraditos en medio de la disco con cara de autogol. Qué barbaridad, qué se habrán creído esas gringas, dejar tirando cintura a un par de machos machotes latinos, altos, musculosos, galantes y guapos. Bueno, tenemos dos alternativas: O entendimos mal las señas o de seguro eran lesbianas!, jaja!

En MaPi vimos muchas más piedras y conocimos más gringos, de todas partes, españoles sobretodo y creo que venían a ver la kag"$&/-*%ada que habían hecho sus ancestros, incluso conversando con una pareja de estos nos dijeron que en España les enseñan muy poco de la época de la conquista y que los españoles no eran los malos, sino los indios herejes y que ellos vinieron para evangelizarnos y dejarnos sus apellidos. ¡Gran favor que nos hicieron! Me pregunto si por ahí el motivo no fue el oro... No, que mal pensado que soy.

Luego de unos días regresamos a Cuzco despidiéndonos de nuestras California's Girls, para abordar el tren a Puno, toda una experiencia digna de película de James Bond. Lo único malo es que el viaje dura como 9 horas, pero los paisajes son indescriptibles, para perder el sueño por completo (aunque igual me dormí un ratito) y pasárselo pegado a la ventana, sobretodo cuando se llega al lago "Titijaja" (como le dicen los puneños al lago) y ver el atardecer rosado en la cordillera mientras el Titijaja refleja los últimos colores del ocaso como si fuera un espejo roto en mil pedazos. Al bajar del tren el frio se hace sentir con fuerza, por algo estamos en Puno.
En la puna madre!

Esta zona se encuentra sobre la meseta del Collao que en verdad es una barbaridad de enormidad y seguro también construida por los incas. Uno no puede creer que se encuentra en lo más alto de la cordillera de los Andes porque la meseta es tan amplia como la Amazonía y totalmente plana que se parece mucho a las Pampas Argentinas (pero sin vegetación ni vacas, tan sólo un argentino, el que estaba sentado a mi lado), pero a 4 mil metros sobre el nivel del mar y te lo recuerda a cada paso la falta de oxígeno, sobretodo si se carga un morral de 15 kilos.

En Puno visitamos los puntos de interés de la zona: Navegamos a las islas flotantes del lago, las tumbas que parecen chimeneas y el Yaraví: El primer barco en navegar las frías aguas del Titijaja y que fuera construido en Inglaterra en 1912 más o menos, es alucinante ese barco, todo es de esa época!

Ver el lago ahí y rodeado de cerros es una sensación indescriptible. Incluso ver el horizonte del lago que no es otra cosa que la circunferencia de la tierra, lo deja a uno sin aliento. Es igualito al mar, con olas, espuma y todo... Hasta tiene peces! Luego, para ir a bolivia hay que cruzar en "ferry" por Copacabana (nada que se le parezca a su homóloga de Brasil, ni una sola garotinha!), el bus con nuestras cosas va en uno y los pasajeros en otro. A medio camino el motor se apagó y las olas nos sacudían como un barquito de papel, una gringa a mi lado empezó a sollozar y los marineros bolochos querían que bajemos a empujar! Al final prendió el coso ése y la gringa dejó de llorar (yo la quería aventar por la borda como lastre!).

Llegamos a la capital de Bolivia. La Paz es una ciudad que hay que conocer, está ubicada entre los 4200 y los 3600 msnm y todas las calles son en cuesta con diversos grados de inclinación (horrible) y en verdad ahora veo que los bolivianos están caga$&*+%dos. Los máximos atractivos son los restos de Tiawanako o Tiwanaku y sus monumentos de piedra (dale con eso!), pero mucho más descuidados y deteriorados que los monumentos incas vistos en Perú. Aunque algunos son verdaderamente sorprendentes. Y luego, al sur de La Paz está algo que le llaman el Valle de la Luna , unos cerros derretidos como si fueran velas, algo que hay en algunos otros lugares del mundo también.
Al sur de La Paz se haya una zona llamada San Miguel o Calacoto y su famosa Calle 21 que es un enorme y circular "Boulevard" lleno de restaurantes y tiendas de interés, es la zona donde viven los ricos de Bolivia (sí, hay ricos). Recién en esta zona pudimos ver algunos autos particulares como BMW, Peugeot, Toyota y varias camionetas enormes. Incluso un grupo de chicas en una de éstas nos quisieron seducir (horror!), pero nos escondimos en una cabina de Internet y luego en una pollería, es que ya no queríamos saber nada de "señales" con extranjeras y bueno, las boliches eran extranjeras para nosotros.
En la noche fuimos al Hard Rock Café de La Paz , un HR trucho ya que no tenían ningún instrumento musical ni ropa de ningún famoso, creo que sólo estaba la zampoña de Los Kjarkas y el poncho de "Ivo" Morales. Pero igual, los tragos estaban muy baratos y es que en Bolivia las cosas son muy baratas, más de la mitad. Se siente muy bien tener una moneda fuerte! Así que si quieren mandarme a vivir a Bolivia con mi sueldo actual ¡acepto con gusto! Otra cosa para destacar es que los bolochos son iguales a los peruanos, salvo que con más gente indígena vestida de manera tradicional. Como sea, la gente en las cabinas de Internet u hoteles me habla en inglés... Era un gringo en Bolivia!

Llegó el momento de dejar Bolivia vía Desaguadero (no más ferry por favor!) y justo me llama mi jefe un poco despistado para preguntarme algunas cosas de la chamba. Pero bueno, el bus había salido temprano de La Paz con destino a la llegada de Caminos del Inca en la Plaza de Armas de la ciudad de Cuzco. Ya era 19 de setiembre. Pero tras todo el día de viaje (extrañamos el ten) arribamos tarde y no alcanzamos a ver a Kankkunen chupando su última Pilsen en la vereda de la Plaza de Armas. Así que fuimos a un bar con una chica boliche que habíamos conocido en el bus y por lo menos tuvimos con quien conversar de algo distinto a lo que estábamos acostumbrados el argentino y yo (el espacio y el tiempo, la ley de la relatividad y el escándalo de la Fórmula 1), además lo bueno de estar con la bolocha fue que no tuvimos el problema para bailar que nos pasó en MaPi, jaja.
Vuelo madrugador y vuelta somnolienta a Lima oliendo a camélido americanus, mientras la promesa ofrecida queda en pendiente por visitar al argentino en Bogotá y que espero hacer tangible en algunos meses quizá.

jueves 26 de julio de 2007

Back to Basic, el trip


Escribe Kike:

02:50 y el claxon de Leoncio junto con el timbrar de mi celular anuncian que el Gran Viaje a Carampoma ("Back to the Basic") estaba por comenzar! Aviéndose superado el inconveniente de la deserción involuntaria (hum...) del Gran Señor Fucko (La Rica), y luego de que Claudio y Herr Leche me mandaran a la misma M, pensamos en que nos quedamos sin la parte femenina en este trip.

05:00 partimos luego de que un ligero mal cálculo en la logística nos hiciera regresar a recoger la cámara fotográfica, el poncho impermeable y la plata que nuestro mesenas Ricardo gentilmente DONASE para nuestro viaje. Además de dejar al Chino (que salía de guardia con el Timo) en su casa y de que Líster hiciera su maleta se cambiara el uniforme y seleccionace una gran variedad musical. Ha, sí, paramos por las pilas y el rollo para la cámara mientras llenábamos el tanque de Arnaldo.

05:10 primer gran problema del viaje, la radio de Arnaldo nos abandonó luego de la primera canción ("Desaparacer" de Huelga de Hambre/ex Zen).

06:00 y rico desayuno en Santa Eulalia por gentil y salvadora cortesía de nuestra querida y temida (sin aluciones personales Leche) tía Maruja nos hiciera despertar por completo.

06:50 emprendemos la subida a Carampoma vía Huinco.

07:10 segundo gran problema: ¿Cómo llegar a Carampoma?
- Timo, Timo... ¿es a la derecha o a la izquierda?
- Hum... Esteeeee...
Y mientras Timmy pensaba tomé el camino de la izquierda esperanzado en encontrar a alguna persona y preguntarle si estábamos en lo correcto.

07:13 - Tío, tío: ¿por acá llegamos a Carampoma?
- Así es papá -con un típico acento andino
- Y supongo que en el camino hay más desvíos, ¿cuál seguimos?
- Todo a la izquierda papá, todo a la izquierda!

07:14 y teníamos grabada en nuestra mente el primer consejo del viaje, "Todo izquierda, todo izquierda" Y durante todo el viaje nos volvimos izquierdistas!

07:20 luego de algunas piedritas que rascaran la pancita de Arnaldo divisamos un hito en nuestras vidas: Huinco y sus papitas rellenas de una china (que al regreso supimos que por la crisis ahora están a una luca tío!)

08:00 llegamos a Autisha (desvío a Marcahuasi y San Pedro de Casta) y seguimos a la izquierda! Habían pasado 40 minutos sin ninguna novedad, y esto empesaba a preocuparme!

08:20 Primera foto del viaje, la catarata sin nombre! Líster comprovó que sus Hi Tec reencauchadas le iban a causar más de un dolor de poto.

08:25 Arnaldo empieza a ofuscarse un poco (el ventilador eléctrico dijo ¡basta! y la temperatura del motor subió al punto que podíamos pasar café express!

08:45 Decidimos cambiar de ventilador, es decir, instalamos el viejo y confiable ventilador mecánico del motor.- Timo, ya está instalado el ventilador...
- Excelence Peference de L'oreal!
- Hum... el problema es que no puedo colocar la faja que mueve el ventilador!

08:55 Después de casi acabar de romper todas mis herramientas portátiles que muchas veces me han ayudado a "adelantar la chispa" (Chanchamayo 2002 con Tuki y Tiki) y de llevar demasiado tiempo detenidos, a Líster se le ocurrió la genial idea de estirar la faja y hacerla entrar a la fuerza. Cosa que al principio me negué por ser algo anti mecánico, pero al final, FUNCIONÓ ¡Grande Timo!

08:56 Estábamos "on the money" otra vez!

09:05 se divisa le represa que tiene nombre pero que no recordamos y arriba, arriba, se ve la gran ciudad y perla del fértil valle de Huarochirí: Carampoma.

09:10 Tanto seguir la máxima de "todo a la izquierda" que en una curva casi me meto de lleno a al represa por indicaciones erroneas y que Timo pudo avisarme para frenar a tiempo. Acá debo agradecer las puntuales indicaciones de Líster, me indicaba cuando frenar (y frenaba conmigo) y cuándo acelerar (aunque esto último no le gustaba mucho). Bueno, colocar retroceso y enderesarse para seguir subiendo.

09:15 foto estratégica con el fondo del valle de Huarochirí

09:25 ¿Ya estamos en Carampoma?
- Timo, Timo, ¿esto es Carampoma?
- Síp.
- ¿Y por dónde doblo?
- "Todo izquierda!"

09:27 la plaza de armas nos da la bienvenida ante la mirada atónita de algunos carampominos.

09:30 Mochilas al hombro y a buscar al Tío Julio.

09:31 Nos sorprende el perfecto y hermozo empedrado que luce toda toda toda la ciudad, con su acequia al medio y todo, que parecía un trabajo hecho por los mismísimos Incas.

09:35 En la casa del Tío Julio, saludando a la Tía Norma, al Torito y a los otros dos engendritos que no sé de dónde salieron... por lo menos recién existen!

09:55 Luego de desmerecer el consejo del Tío Julio de llevar un burrito para cargar nuestros "ligeros" 15 kilos de equipaje empezamos la subida por el camino de la izquierda (todo izquierda!) rumbo hacia la cruz que domina Carampoma.

10:05 primer descanso, nos faltaba el aire, nos temblaban las piernas y sentíamos que cargabamos 100 kg! Por nuestra cabeza pasó la idea de regresar por el burrito. Pero Kike y mi tremenda terquedad y el hecho de sentirme que sí podía, convenció al Timo de que podíamos seguir así.

Las horas siguieron pasando y nos acordamos de otro consejito del tío Julio, "el paso de la abuelita". Así que empezamos a caminar al ritmo del paso de la abuelita.

Muchas horas y muchas más paradas (o desparramadas) se fueron sucediento hasta que un último aliento nos llevó a trepar el último cerro de ese día. Con gran esfuerso (el mayor y peor de todos) logramos alcanzar la acequia.

13:00 Almuerzo al pie de la acequia y luego de una pequeña siesta de dos horas decidimos seguir subiendo y divisamos unas paredes de piedras donde supuestamente duermen las vaquitas, decidimos convertirnos en vaqueros y quitarles su casita!

16:30 Carpa armada y surtida. Sin equipaje decidimos subir una lomita para ver el paisaje conversar y ver lo que nos esperaba mañana.16:55 Luego de algunas fotitos poseras, una densa capa de nubes nos envolvió por completo y en unos minutos no veíamos más alla de 3 metros. Casi agarrados de la mano decidimos bajar y grande fue la sorpresa cuando bajábamos y bajábamos y no encontrábamos el campamento!

17:45 Encontramos la acequia donde habíamos almorzado y ¡plop! Decidimos buscar el lugar exacto donde paramos a almorzar y tras caminar media hora hacia la izquierda (todo a la izquierda!) y no llegar a ningún lugar recurrente, Kike, hago el anuncio a la tripulación y digo: "Me declaro perdido... y se acabó el Perú". Gracias Líster por olvidarte la brújula en la guantera de Arnaldo!

18:10 Una ligera lluvia nos hace las cosas más difíciles y preocupantes, cuando Líster ya llevaba algunas desculadas por sus reencauchadas Hi Tec (con suela de Bass!).

18:45 Encontramos el punto donde habíamos almorzado gracias a las migajitas y por deducción calculamos la ubicación del campamento.

18:50 Eureka!

18:59 Todos abordo y empapados decidimos cenar nuestras riquisimas galletas Doré con atún. Y si Líster no se hubiera olvidado la linterna en la guantera de Arnaldo (síp, al lado de la brújula) hubiéramos podido ayudarnos mejor dentro de la oscuridad de la carpa.

Mientras escuchábamos el último cd (Re, de Café Tacuba) y nos quedábamos dormidos y empezaban los ronquidos terminó de caer la lluvia y caer la noche.

A alguna hora de la madrugada, despierto y veo una luz a travez de una de las paredes de la carpa. ¡Maldición, vienen por mí! Tranquilos, era la luna, fiuf!

07:00 Diana! Despertamos y seguíamos vivos, las bolsas de dormir de 6 kilos cada una valieron su peso en oro y nos salvaron de morir congelados (calculamos que si Carampoma está a 3200 msnm, nosotros estábamos a casi 4 mil! Por lo menos este día pasaríamos los 4 mil).


Escribe Líster:

08:00 despues de un refrescante y alentador desayuno.. decidimos seguir trepando (claro q ahora ya mas ligeros debido a q dejamos las cosas en el campamento)..bueno acompañados de la musica, la camara fotografica y lo que nos quedaba de agua (!) q para remate era mineral y CON GAS!. continuamos subiendo... 09:55 llegamos a una roca en donde kike me toma una foto pal recuerdo.. y en donde él tambien deja su recuerdo (si alguna vez tienen q botar los papeles de los kekitos..NO LO HAGAN!! pues les pueden ayudar en alguna situacion "CRITICA" de la naturaleza humana)...

10:40 Llegamos a donde yo creia q ya era el techo del mundo... pero claro como en esta vida siempre hay alguien mas arriba q tu. nos dimos cuenta q aun habian unos cuantos cerritos mas altos..(bilis) bueno fue alli donde sucedio la primera y unica disputa del viaje.. y es q a mi compare jorge chavez digo kike polastri se le dio por ir "arriba siempre arriba..." y tanta vaina asi q decidio seguir subiendo.. yo veia como la neblina iba incrementandose asi q decidimos separarnos.. yo esperaria al pie de una quebrada q tendria q llevarnos nuevamente al campamento.

11:10 La neblina incrementaba y ya habia perdido a kike de la vista, tenia frio y estaba lejos de casa...atine en gritarle q iria avanzando y q nos encotrariamos en el campamento...escuché sus gritos asintiendo y que seguiría subiendo... aunque no se veía nada... estaba lejos

11:16 empiezo el descenso.. algo accidentado por circunstancias obvias (no se veia nada!!!) y encima toda la vegetacion aun tenian los rastros de la lluvia de anoche..

12:15 Al fin!!! encontre la acequia..ahora solo debia encontrar el campamento otra vez.. Aleluya!!alli esta...no atine a otra cosa q meterme en mi sleeping y esperar a kike...


Kike reporta:
Sin hora, alcancé la cima de los cerritos que se veían desde abajo. Total soledad y silencio y las nubes que se me venían encima. No había forma de fotografiarme, así que decidí tomarle una foto a mi pie y a mi mochila (grande Crepier! Amo esa mochila!). Lo increíble de estar ahí es que para poder mirar algún paisaje, tenías que agachar la cabeza y mirar hacia abajo, calculo haber estado a unos 4200 msnm. ¡Incluso llegué a divisar Ticlio muy a lo lejos! Bueno, esto hasta que la neblina (o las nubes, vean las fotos) me dejaron en la total oscuridad. Decidí esperar a que se aclare el cielo o mejorace el clima, pero el sonido de una tormenta eléctrica que se escuchaba cada vez más cerca me hizo animarme por emprender el desenso y dejar de sentirme Dios, o por lo menos algún Dios o alguna clase de Dios, o quizá un Héroe... Campamento allá vamos! En un resbalón se me quedó un cactus de recuerdo en la mano izquierda como souvenir para llevar a Lima...


Líster continúa:

13:08 Kike a la vista! nos preparamos para desarmar el campamento y emprender la bajada..

13:25 Todo listo! ya mas ligeros decidimos encontrar nuevamente el caminito por donde subimos... oh sorpresa! la neblina no habia bajado y no veiamos ni michi!!!(comenzaba el ajuste!) Bueno no nos kedaba otra q hacer nuestro propio camino...con kike a la cabeza (ya q traia la musica pegada a su mochila) empezamos un descenso q estuvo lleno de accidentes, resbalones, pinchazos y todo lo q nos podria pasar..NOS PASO!!!

13:55 Las declaraciones de kike (sobre q estabamos perdidos y que no recordaba tanto cactus y rocas) cada vez me hacian ajustar un poko mas....

14:25 Llegamos al pie de una quebrada de rokas.. deducimos q bajandola en algun momento cruzaria por el camino a carampoma.. pero era demasiado empinada para sortear fortuna en ella... pero bueno..no teniamos otra alternativa...decidimos el suicidio entre los cactus, las rocas filudas y las moscas pajarito... síp, eran tan grandes que parecían un pajarito!

14:27 Dios escuchó mis rezos y por tan solo 15 segundos despeja la niebla y nos permite ver un camino no tan accidentado a la derecha y un terrible precipicio en el que se convertía la quebrada por donde bajábamos a la izquierda, por primera vez no hicimos caso y tomamos la derecha y a lo lejos se ve el camino a CARAMPOMA!!!!excelente..

14:58 Una chacra cercada no podia interferir nuestro objetivo y como buenos ex alumnos Ruicinos decidimos trepar muro!!! maldita sea q tales espinas!! en fin, una mas una menos...

15:32 Ya en casa del Tio julio nos damos con la sorpresa q estaban reclutando a un contingente de aguerridos carampominos para iniciar la busqueda de un par de gringos lokos q habian decidido dormir en la puna... (claro q de gringos no teniamos ni la ropa..) pero todo kedo en nada cuando ya nos vieron meter las cosas a Arnaldo.. Empezaba una liguera lluvia que nos acompañaría hasta Santa Eulalia y que volvía el camino un poco más difícil...

15:50 Despues de chekear todos los sistemas de Arnaldo procedimos el regreso a Lima no sin antes prometer un pronto regreso con toda la gente.. porq "SI SE PUEDE, SI SE PUEDE!!"

17:35 eN HUINCO comiendo nuestra tradicional papita rellena de a luka(humm)

17:55 Ya en mi casa en Sta Eulalia tomando el lonchecito con mis papis y contandoles sobre todo lo q ya han leido en este mail... y no salío esa foto!
El viaje solo nos demoro dos horas de ida desde sta eulalia y dos de regreso..con paradas y todo.. no puedo restarle merito al piloto..(pero tampoco a mi q lo put..aba cada vez q podia) la opcion de carampoma para un viaje corto no tiene nada q envidiarle a un fin de semana en canta o tal vez un fin en sta eulalia... solo keda en cuantas ganas kieran meterle y cuanta aventura esten buscando.


Kike epílogo:

La diferencia entre Canta y Carampoma es sin duda la carretera, mientras Canta está a menos de 100 kms de Lima y, por lo menos en un regreso logré hacer una hora y algo más, la carretera a Carampoma es de 120 kms y es una calamidad total! Canta más poblada y conocida la hacen un lugar con infraestructura adecuada para sentirse cómodo. Carampoma, hum, si no cambiaste tu billete de 20 lucas en el peaje, no podrás pagar nada porque no hay cómo darte vuelto. Además, te sentirás más en contacto con la naturaleza (si vieran la cantidad de kk de vaca que tuve que esquivar! Considero las dos opciones para un viaje corto dependiendo del estado de ánimo del viajero y de lo que quiera sentir.

Coincidimos Líster y yo en agradecer a Díos por habernos regalado esta gran experiencia y seguir vivos para contárselas a Uds. Habrán más!

viernes 27 de abril de 2007

Mi historia con un clásico

Esa fría mañana en la Plaza de Armas, era uno de los primeros en llegar. La garúa de la madrugada que se había prolongado por el resto de la mañana hacía que los pocos autos que allí se encontraban lucieran la típica escarcha matutina. Di una vuelta rápida, sin querer mirar los cromos fulgurantes de los autos que conformaban la Primera Concentración de Autos Clásicos que organizaba Ruedas y Tuercas y el club en cuestión, mientras buscaba con avidez a mi acompañante que ya la veía llegar puntual a la cita. La garúa aminoraba su caída ese domingo de diciembre de 1997, así que decidí invitarla a desayunar mientras se terminaba de armar el evento. Habíamos dejado la Plaza de Armas por algo así como una hora y cuando regresamos grande fue nuestra sorpresa al ver que ya se encontraba rodeada de muchos autos estacionados en diagonal uno al lado del otro y ordenados por antigüedad con mucha gente que pululaba a su alrededor como si se tratara de una feria. No fue necesario preguntarle a ella, me bastó ver en su rostro dibujar una sonrisa y sus ojos estrellarse contra la máquina del tiempo que descubríamos allí. Empezamos por el principio, así que retrocedimos hasta 1915 para encontrarnos con la aerodinámica forma de un Wanderer W3 H Tamdem Sport único en el mundo y que además es el emblema del Club de Autos Antiguos del Perú (CAAP). Ella dijo que parecía un bote pero al revés, sonreí y asenté con la cabeza, casi no podía hablar. A los dos nos encantó, sobretodo por ese hermoso color azul violeta que ostentaba, raro para esa época, pensé. Seguimos ascendiendo en el tiempo y descubriendo maravillas enlatadas con tripulaciones muy amables que lucían atuendos de la época de su auto, así mimetizándose con ellos, en esa línea paralela del espacio-tiempo que habíamos hallado. Cada nuevo auto era una obra de arte, resaltando detalles en cada uno que los hacían únicos o innovaciones tecnológicas que algunas veces no veíamos pero que nos decían que estaban ahí debajo del metal, en las entrañas de los autos y que nos aseguraban que funcionaban y muy bien. Pero yo tenía fija en mi mente la idea de encontrar a mi Moby Dick, un auto del que me había contado mi abuelo y que la publicidad del evento decía que estaría ahí con todo y su piloto.

¡Imposible!, exclamé en el momento de leer eso. Y es que creía yo que se trataba de un mito más que de una realidad, así que para explicar lo que me empuja a buscar de sobre manera ese día, debo primero empezar con otra historia, una que comienza con otro clásico, o por lo menos así lo es para mí, así que empezaré primero remontándome a cuando tenía 13 años y por fin me enseñaban a manejar por las calles de donde vivía. Ahora me era más fácil llegar a los pedales y ver por encima del timón, aún así, mi espalda no tocaba el respaldo del asiento. Este auto era un Datsun 150J de 1974, mejor conocido como Violet o 710; mal llamado J15. Era el auto de mi padre, quien lo poseía desde nuevo. Yo lo recuerdo desde que tengo uso de razón ya que nací en 1976, es decir, dos años después de comprado el auto. Mi padre tenía muchas historias con este auto y mi madre las confirmaba o desmentía.

Según cuenta mi viejo, un ya retirado Oficial del Ejército, fanático de los autos y mecánico por vocación y hobby, logró ahorrar el dinero luego de dos años en los que se la pasó trabajando internado en la selva. En esa época, él era un joven Oficial del Ejército al que habían destacado a Güeppí, un puesto de avanzada que se ubica en la triple frontera Perú-Ecuador-Colombia, justo en el punto más nórdico del Perú, arañando la Línea Ecuatorial. Luego de ese tiempo regresó a Lima y tenía el suficiente dinero para comprarse un auto mediano. Su búsqueda se concentró al final en dos opciones; un Hilman y este Datsun. Antes del primer año con su nuevo Datsun ya le había cambiado de color y le puso unos aros Negri de magnesio con llantas anchas, recuerdo que lucía a fines de los setentas una llantas Goodyear con letras blancas que rezaban G800 Radial en la cara. Se veía muy bien. Luego yo descubriría la vida a bordo de este auto, ya que por el trabajo de mi papá, la incipiente familia se mudaba en promedio cada año. Recorrimos desde Tumbes hasta Tacna, la sierra rumbo a Cajamarca, o la selva rumbo a Jaén y Bagua y en todos estos viajes recuerdo que mi madre nos alimentaba y hacía dormir mientras mi viejo conducía, llevando lo esencial en la maletera y el enorme televisor en la parrilla que instalábamos sólo para las mudanzas en el techo del auto. Normalmente salíamos siguiendo el camión de la mudanza que llevaba nuestras cosas, pero siempre terminábamos adelantándolo y gritándole por la ventana instrucciones al chofer del camión como en qué parte del pueblo de destino nos encontraríamos. Ahora que lo pienso, creo que a mi viejo le desesperaba ser escolta de tortuga, o era que le gustaba como a mí ahora, llevar un poco más rápido de lo normal el auto. El sonido de ese auto cuando andaba a velocidad crucero era muy bonito y lo tengo en la mente imborrable, formando parte de las cosas que van marcando nuestra niñez conforme crecemos. Pero no recuerdo cuál era esa velocidad crucero, ahora que lo pienso, nunca le pregunté a mi viejo. Estos recuerdos de mi niñez incluyen escenarios de todo tipo a través de la ventana lateral de la puerta posterior, desde la comodidad de mi asiento levantando la cabeza tratando de ver más allá del parabrisas delantero o mirando por el parabrisas posterior cuando me paraba de espaldas al auto, cambiando de posición siempre durante el viaje y es que era un niño y no podía estar quieto. Recuerdo no sólo haber visto hermosos paisajes de desiertos y nevados, sino también horrores de desastres como el fenómeno de El Niño del ‘79 u ‘80 cuando estábamos viviendo en un paraíso llamado Lobitos en el norte. Nuestra casa se la llevó el mar y en la villa militar todo era un caos. Recuerdo que mi viejo llegó a buscarnos en el Datsun, subimos y no paró hasta Piura, donde nos dejó en el cuartel y a salvo en las tiendas de Defensa Civil, incluso escuché conversaciones de evacuarnos a Lima en avión de la FAP. Luego desapareció otra vez pero en un camión del ejército que salía a ayudar a los damnificados. Yo veía el Datsun estacionado ahí, en un lado del cuartel donde no estorbaba a nadie, dos llantas medidas en una cuneta por donde corría un montón de agua, además los guardafangos lucían esas marcas que deja el barro cuando es salpicado por las llantas. Lo que recuerdo de la travesía de nuestro “rescate” fue mucho movimiento y saltos seguidos de giros bruscos del timón que repercutían todos en mí al no poder mantenerme sentado en mi asiento y por la ventana sólo alcanzaba a ver que caía mucha lluvia. Parecía que viajaba en una camioneta doble tracción, pero el inconfundible ruido del motor del Datsun me aseguraba que viajaba en él. Todo lo que recuerdo de ese día es frío, humedad y un caos humano sin precedentes en el niño de 3 o 4 años que era yo.

Luego de esto mis recuerdos me llevan a la vez en que mi viejo viajaba de algún lugar en el norte hacia Lima y llevaba a una pareja de amigos recién casados en el asiento posterior del Datsun. En algún lugar de la Panamericana Norte saliendo de una curva se encontró con una enorme duna de arena que había invadido casi toda la pista, frenó pero el auto se zambulló en la arena, enterrando el capó. No hubo muchos daños y pudieron seguir el viaje a destino. Hay también historias trágicas con el Datsun y es que una vez viviendo en Cajamarca durante la época de carnavales, mi viejo regresaba a casa en la noche central de las celebraciones, cuando la gente que sale a las calles anda muy borracha ya de “celebrar” y fue que a una cuadra de distancia de la casa se ponen delante del Datsun un par de borrachines a molestar. Mi viejo trató de esquivarlos pero la estrecha calle no lo permitía, así que luego de intercambios de claxon y lisuras, mi viejo decide bajar y “hacer a un lado” a los borrachines, pero grande fue su sorpresa cuando uno de ellos sacó un revolver y le disparó. Según lo que cuenta mi viejo la sensación del disparo es confusa, al principio uno no reacciona, ve la luz del disparo seguido del ensordecedor ruido pero no reacciona sobre lo que pasa. Todo es tan rápido, dice. Luego sintió un ardor frío en el abdomen y después el calor de la sangre emanando. Reaccionó, subió al Datsun y condujo malherido hasta el hospital que no quedaba muy cerca, sobretodo si tenemos en cuenta que la ciudad era una fiesta y la gente se había volcado a las calles a celebrar al “Ño Carnavalón”. Al llegar al hospital dejó el auto en la zona de ambulancias, que es la más cercana a la entrada de emergencia, una persona empezó a increparle sobre la prohibición del estacionamiento en ese lugar, pero luego, cuando bajó mi viejo del auto todos corrieron a ayudarlo. La muerte estuvo cerca esa vez, pero la rápida evacuación a Lima dio resultado. Las secuelas que le dejaría esto serían problemas estomacales de por vida. Nunca llegué a ver el auto esa vez, ni lo recuerdo mucho. Sólo recuerdo haber viajado en avión de la FAP a Lima ¡por fin! Para un niño que no lo pudo hacer con El Niño del ‘80 esto era un sueño. Claro que aún mi razón no entendía la gravedad de la situación en esta ocasión tampoco. Algún tiempo después jugaba yo con mi papá a seguir la “carretera” por su barriga, siguiendo las cicatrices de la operación y esquivando los “huecos”. Solía decirle a mi viejo que tenía varios ombligos y él reía conmigo. Otra tragedia rondó a la familia, cuando el autobús donde viajaba mi abuela paterna con el hermanito de mi papá chocó contra otro cerca de Chimbote, sólo sé que aún vivíamos en el norte, era finales de los ‘70s o principios de los ‘80s y mi viejo volvió a subir al Datsun luego de que le dieron la noticia en el cuartel donde trabajaba, su jefe el comandante de la base le había puesto un chofer para este caso, pero mi viejo no lo necesitó. Manejó y manejó sin parar ni un momento, a toda la velocidad que el auto llegara. Sólo puedo imaginarlo en ese momento, conduciendo muy rápido, aferrando sus manos al volante mientras que su cabeza era invadida por muchos pensamientos, seguramente pensamientos muy desgarradores que hacían brotar de sus ojos lágrimas que nunca he visto en él. Por suerte ambos estaban vivos, mi abuela y mi infante tío, pero la odisea de encontrarse fue otra historia, una de mucha confusión y que ya no viene al caso. Pero una de las historias más curiosas es de cuando mi viejo y mi abuelo materno mejor conocido como El Almirante, regresaban de Ecuador muy tarde en la noche y el auto comenzó a fallar hasta que prácticamente no podía avanzar. Mi viejo sabía de antemano que necesitaba cambiar los ruptores o platinos del distribuidor, pero pensó en hacerlo al regreso. Mal cálculo. Lo bueno es que tenía los platinos nuevos ahí con él, pero no tenía linterna. Así que mientras El Almirante trataba de reflejar con un periódico la luz de los faros delanteros hacia dentro del cofre del motor, mi viejo hacia el cambio de las piezas defectuosas con las pocas herramientas que tenía. Para calibrar la correcta separación o luz que deben llevar los platinos utilizó un lado de una cajita de fósforos Inti. Cruzaron los dedos y al hacer contacto para encenderlo el motor volvió a la vida. Pudieron regresar a casa sin problemas y desde ahí mi viejo suele utilizar una cajita de fósforos para regular el encendido de cualquier motor.

Pues resulta que era yo ahora quien conducía o intentaba conducir este Datsun. Antes ya lo había hecho, pero sentado en las piernas de mi papá y limitado a mover el timón con su ayuda y guía. Ahora El Almirante, otrora poseedor de una barbaridad de autos antiguos así como conductor profesional y compañero de algunas aventuras con mi viejo, ocupaba otra vez el asiento del copiloto, pero esta vez sentado a mi lado. Recuerdo que él se mostraba muy tranquilo y silencioso (¿o quizá estaba asustado?) cuando yo conducía por las calles a diferencia de mi viejo y recuerdo que me arengaba a hacerlo bien y tener cuidado, siempre con sabias palabras, esas que sólo el tiempo de vida le puede a uno brindar. Y fue en estas situaciones en que llegué a saber de un legendario piloto de carreras de aquellas épocas llamado Arnaldo Alvarado apodado “El Rey de las Curvas” y su no menos famoso Ladrillo Rojo, un Ford sedán de los años ‘40s o ‘50s transformado y preparado para correr. El Almirante me solía decir que no había nadie que girara en las curvas como lo hacia Arnaldo Alvarado y me contó una vez aquella historia en que Arnaldo Alvarado “El Rey de las Curvas”, competía con su fiel Ladrillo Rojo en una Carrera Panamericana y en el tramo entre Lima y Chile y en algún punto de la ruta hacia el sur su motor falló y no pudo continuar con la carrera, pero pasó por ahí su hijo que también se hallaba compitiendo en esa carrera y con un auto idéntico al de su padre. Sin dudarlo paró al ver a su padre “El Rey de las Curvas” al lado del camino y sin pensarlo le cedió su enorme motor V8. Operación de transfusión que demoró algunas horas, al cabo de las cuales Arnaldo Alvarado “El Rey de las Curvas” pudo continuar en carrera con su propio Ladrillo Rojo con el motor del auto de su hijo y llegar a la meta pero muy retrazado y sin chance de ganarla. La máxima arenga que me podían hacer cuando yo tomaba una curva era: “¡Asomacho, das las curvas como Arnaldo Alvarado!” Yo conducía de manera incipiente aún, pero cuidaba de mantener el auto en el carril dibujado por las líneas punteadas en la pista, así que rodeaba por completo la circunferencia del pequeño óvalo que quedaba por mi casa, aprendía a sentir las fuerzas de gravedad que te empujan queriendo sacarte de trayectoria mientras más rápido vas, yo pisaba nomás y esperaba a que El Almirante me diga “¡esta bien que parezcas Arnaldo Alvarado pero deja esas cosas para las carreras, ahora no tenemos a De las Casas y su Liebre atrás, así que baja la velocidad!” Soñaba yo. Esta suma de historias, de pilotos caballerescos e inmortales en gestos marcó en mí, en el momento en que me enfrentaba a un auto por mis propios medios, una huella imborrable, además que ayudaba a forjar la pasión por los autos que había empezado a cultivar sin saber en mí y alentado por mi viejo, con el Datsun y con la enormidad de carreras a las que siempre me llevaba, como la tradicional carrera Caminos del Inca o las competencias automovilísticas en el antiguo circuito callejero de Santa Rosa, el Mónaco peruano como le llamaban o al Campo de Marte.

Así que aquí estábamos otra vez, en la Plaza de Armas y de vuelta en el buen año de 1997. No encontré ningún Datsun como el de mi viejo ni ningún otro, salvo en las esquinas de la Plaza, pintados de color amarillo y esperando por clientes detrás de un cartel que decía “Paradero de Taxis”. Mi fémina acompañante y cultora de las bellas artes no dejaba de hablarme de cada auto y los detalles particulares que lucían estos y sobretodo no dejaba de agradecerme la invitación a este evento, ya que en su mente cerraba un círculo al incluir a los autos como obras de arte para su mundo interior, algo que ella pensó que nunca podría pasar o considerar, incluso me llegó a decir que esto era mejor que un cuadro o una escultura, ya que estas obras de arte no sólo lucían bien, sino que además eran muy funcionales para el ser humano, razonamiento filosófico que sólo puede tener una persona como ella. Se le veía muy feliz, sobretodo cuando le dije un par de semanas después de eso que habíamos salido en la foto portada de la revista Ruedas y Tuercas, claro que en muy reducida escala, pero reconocibles aún. Uno de los ápices del evento fue cuando llegamos donde Jorge Nicolini, sentado con su esposa en uno de los tantos clásicos de su colección y que lucía en ese evento, ataviados ambos con ropajes de la época de su montura. Mi guapa amiga entablo buena conversación con la señora Nicolini mientras yo aproveché para disparar algunas fotos sin que se diera cuenta. Me gusta captar esos momentos de naturalidades. El tour a la Plaza de Armas se acababa y yo aún no había encontrado a mi unicornio, mi Moby Dick. El cielo de Lima amenazaba con garuar más fuerte y el frío no era tan típico de una mañana de diciembre, en que se supone entramos al verano, aún así yo sudaba por la tensión. Mis esperanzas se nublaban con el cielo, pero la experiencia ya había trascendido más allá de lo imaginado. Pero de pronto y casi al final de la fila de autos, en una zona sin mucha gente, entre Palacio de Gobierno y el Palacio Arzobispal logré divisar en el techo de una mole de acero, justo sobre el parabrisas una leyenda que decía Puquio-Nazca en letras blancas que resaltaba sobre el rojo color ladrillo de la pintura del auto. Era el Ladrillo Rojo del gran Arnaldo Alvarado “El Rey de las Curvas”. Me acerqué tímido pero inquieto y sin la presión aún de saber el momento que viviría para siempre en mí como una máxima que forjaría mi vida en el mundo de los fieros, me acercaba a un momento clave, mi destino saldaba cuentas con mi historia personal y cerraba un círculo. Aún no lo sabía.


Y ahí estaba yo, parado en frente del enorme Ladrillo Rojo, el verdadero y único, donde dentro de él se encontraba un viejecito sentado en el puesto del conductor, lucía encorvado y cabecita blanca, con un gorrito chato de esos que parecen de chofer de las películas. Vestía una delgada casaca negra abierta que dejaba ver una camisa de cuadritos en tonos rojizos, casi como los de su auto y un pantalón de vestir de diseño antiguo con zapatos marrones, nada fuera de lo común. Se le veía ahí, indefenso y hasta inútil frente al volante, con las manitas cruzadas sobre sus piernas, absorto como esperando algo que yo no podía entender. Pero sobretodo se le veía cercano, como sólo lo pueden ser esos héroes de historias antiguas que parecen inventados en la perfección de la mente. Afuera del auto se encontraba otro señor un poco más joven que hablaba con soltura con algunas otras pocas personas que eran en su mayoría los participantes del evento u organizadores, como planeando ya la partida que se daría en algunos minutos y repasando la ruta y travesía. Aún seguía yo parado ahí, frente a esa parte de mi vida que ahora enfrentaba y cada vez rodeado de más gente. No noté que a mi lado se encontraba mi acompañante Nereida y por un momento me sentí solo y en paz total. Ella no sabía nada, sólo sabía lo que le había contado yo durante el tiempo que estábamos merodeando entre los autos del evento. Sabía de que Arnaldo Alvarado “El Rey de las Curvas” era un antiguo corredor del que me había contado mi abuelo El Almirante, al cual le tenía yo mucho afecto. Luego de un momento de asimilar la información que tomaba a toda velocidad las curvas de mis pensamientos en mi cabeza me acerqué a él, o a ellos, Arnaldo y su Ladrillo. La ventana del conductor se encontraba abierta y, no recuerdo bien que dije exactamente, pero sé que primero lo saludé llamándolo Sr. Alvarado. Luego seguí con algo así como que mi abuelo y mi padre me han contado muchas historias de Ud., me decían que no había nadie que tomara las curvas mejor que Ud., y que por eso le decían “El Rey de las Curvas” y bla, bla, bla. Sería un honor para mí poder tomarme una foto con Ud.

A cada palabra mía Arnaldo Alvarado “El Rey de las Curvas” reaccionaba levantando un poco más la cabeza, como despertando de su trance o poniendo más atención. Me dijo que sí. Le agradecí y regresé donde Nereida para decirle que nos tome una foto, mientras yo le preparaba la cámara y le decía qué apretar y todo eso. Cuando regresé hacia ellos, Arnaldo Alvarado y su Ladrillo, encontré un cuadro que no me esperaba: “El Rey de las Curvas” se hallaba fuera del Ladrillo, apoyándose con la puerta entre abierta, de repente el viejecito con el que yo había hablado no estaba más, éste había sido reemplazado por otro viejo, uno que se paraba erguido y desafiante al “sacar pecho” y se sacaba el gorrito a la vez que lucía una leve sonrisa al estilo de los héroes, es decir, sin verse muy amistoso ni muy temerario, se había transformado así en el gran Arnaldo Alvarado “El Rey de las Curvas” y que ahora aparecía ante mis ojos. Luego del “click” de la cámara nos estrechamos las manos en despedida. Arnaldo Alvarado “El Rey de las Curvas” se había vuelto a transformar en ese inútil viejecito que lucía como un remedo o adorno al enorme Ford.

La partida de la enorme caravana que se hallaba en la Plaza de Arnas fue frente a la Municipalidad, así que Nereida me agarró de la mano y me condujo al lugar, no se quería perder a esas obras de arte ambulantes en el clímax de lo que pueden hacer, es decir, rodar. La rampa hacia el tabladillo de partida instalado frente a la Municipalidad lucía peligroso por lo húmedo que se encontraba, pero hasta ahora todos los autos lograban subirla y bajarla, pero con muchos sustos, hasta que uno de mis autos favoritos, un Jaguar E-Type trató de subir pero perdió parte del tubo de escape al rozar este contra el suelo. El rostro de Nereida se estremeció al ver a ese auto casi caer, lo recuerdo bien. Desde ahí la organización decidió hacer la partida a un costado del estrado y para suerte más cerca de nosotros, en ese momento había un mar de gente formando un callejón humano que incluso bordeaba el edificio edil por el Jr. Conde de Superunda. Estuvimos hasta el final pero no tengo el recuerdo en mi mente de ver largar al Ladrillo Rojo. Me encontraba totalmente anonadado sin saber el momento histórico de mi vida personal que había vivido: Conocer a mi héroe.

Visita la web de Arnaldo Alvarado el Rey de las Curvas.

Un tiempo después me enteré de que el viejo Datsun de mi viejo se encontraba hacía 9 años botado en un galpón cerca al cruce de las avenidas Arenales y República de Chile. Hablé con mi viejo que ya no vivía con nosotros y le dije si se lo podía comprar. Fue así como luego de un sermón típico de un padre preocupado y sabiente de que su hijo mayor había cultivado la misma pasión por los autos que él mismo le inculcara con cada relato, con cada carrera y que ha heredado esa locura al volante demostrada desde que me compraran mi primer autito de juguete, un Datsun 240Z de plástico que terminaría desarmado y al que luego le seguirían otros con la misma suerte.

Un tiempo después una grúa estaba llevando el Datsun 150J al lejano taller de un buen amigo y cómplice. En el tiempo que el Datsun había dormido el sueño de los justos había sufrido las cosas típicas del abandono, el canibalismo y la herrumbre. Faltaban muchos componentes del auto e incluso uno de los aros Negri que mi viejo le comprara en los setenta. Tras muchos meses de arduo trabajo y un gran presupuesto MI Datsun arrancaba y se podía mover por sus propios medios, es decir aceleraba, frenaba y giraba también. No tenía luces, no tenía parabrisas delantero ni posterior, no tenía tapices ni alfombras, sólo era una cáscara de acero con asientos y ventanas en las puertas que no se movían ya que no había ni asas ni manijas ni pestillos. Funcionaba y lo había rescatado del olvido, eso era lo único que me importaba. Fue así que en la víspera de navidad del año 2000, en que me proponía a sacar mi Datsun del taller de Pachacamac rumbo a la casa de mis papas en Miraflores cuando Moisés, mi buen amigo el mecánico salvador me preguntara sobre qué nombre le iba a poner a mi carro. Él pensaba en algo así como “La Liebre” o “El Ladrillo Rojo”. Pero no se esperaba que yo respondiera ARNALDO. “Se va a llamar Arnaldo”, le dije. Me miró extrañado y me respondió algo así como que él le pondría “Coche Bomba”, por lo desastroso que lucía. Terminamos de instalarle unos faros delanteros momentáneos y arranqué en mi Arnaldo. La policía me detuvo muchas veces durante el trayecto y el tiempo en que Arnaldo luciera como coche bomba, que fueron algunos meses, lo cual me apresuró a su terminación y armado final, con lo cual mi querido Arnaldo quedo casi casi como salido de fábrica.

Recuerdo mi primer percance con Arnaldo, regresaba con mis amigos de una playa del sur hacia Lima y cada uno en su auto, éramos una pequeña caravana como de 5 autos que viajaban a más de cien, pero por joder empezaron a acelerar tratando de dejar atrás a mi Arnaldo, mal llamado coche bomba. Así que decidí darles caza, aceleré hasta 140 y los dejé atrás, no podía ir más rápido ya que no tenía tacómetro y no sabía si el motor se pasaría de revoluciones. Pero me arriesgué calculando. Al poco rato Arnaldo hizo un sonido extraño que no desapareció, como un silbido fuerte y empezó a perder potencia y velocidad. Aún así pisé un poco más para mantenerlo arriba de cien por lo menos pero me era muy difícil ya que sentía el motor sufrir haciendo ese gran esfuerzo al que le sometía. Fue inútil, todos me rebasaron pero pararon un poco más allá para ver qué pasaba cuando no me veían. Tras una rápida mirada al motor descubrí que un cilindro no trabajaba, así que llegaría a Lima en tres cilindros y con esfuerzo. Al día siguiente llevé el auto a Pachacamac para revisarlo y el diagnóstico fue que había soplado o volado el empaque de la culata, es decir, el motor no soportó. Imposible, pensé yo. Reparamos el motor con Moisés y encontramos la falla, los tornillos que sujetan la culata estaban tan viejos que por el calor se habían dilatado con la consecuencia de aflojar a la culata del motor, así que una vez reparado el motor le compré su tacómetro. Con este instrumento descubrí que podía hacer Lima-Asia en 45 minutos, ya que Arnaldo podía llegar sin problemas a 165 kilómetros por hora. ¡Increíble! Recuerdo una cortita, una madrugada lluviosa regresaba a casa y entré un poquito rápido al óvalo de Miraflores cuando Arnaldo patinó y se dio por completo una vuelta de 360 grados para volver a seguir en la dirección en que quería ir. Fue un momento de mucha suerte en realidad y supongo que los que vieron desde afuera, es decir, los que no vieron el miedo en los ojos del conductor, abran dicho “¡Wow, ese parece Arnaldo Alvarado!”

Hay muchas historias más con mi Arnaldo, como la vez que yendo a Canta se obstruyó la cañería de combustible por echar gasolina en un mal grifo, así que parado ahí en medio de la noche en pleno asenso a Canta en esa ruta solitaria no encontraba ya fuerzas para soplar y desatorar la cañería. La llanta de repuesto la conecté a la manguera de la cañería y ese soplido del desinflado de la llanta fue suficiente para desatorarla y llegar a Canta y regresar a Lima. Y la vez que regresaba de Trujillo tras el descanso en Huanchaco por Semana Santa, en una curva ciega cerca de Barranca se nos cruzó un rebaño de carneros que no pude evitar y arrollamos a una, Arnaldo terminó un poco golpeado y yo discutiendo con los pobladores locales que me querían linchar. Al final traté de huir pero Arnaldo no encendía, parece que con la frenada y sacudida el carburador se había ahogado, así que dando y dando con el pie a fondo hasta que arrancó y salimos disparados quemando llanta mientras ya sentíamos sobre la carrocería algunos golpes disgustados. También está la vez en que llevaba a un grupo de amigos desde San Bartolo hasta Punta Rocas con sus tablas sobre el techo agarradas simplemente con sus manos que salían por las ventanas. Sin darme cuenta ya estaba yendo como a 60 y las tablas salieron volando para caer sobre unas piedras y romperse, que para suerte no se estrellaron contra otro auto ni persona, fue el fin de la travesía de montar olas. Recuerdo también la vez que atropellamos a un niño descuidado en una callecita de Chorrillos, el chico se cruzó de súbito, frené pero Arnaldo le dio y lo lanzó unos metros por el suelo. La gente de esa zona se empezó a amontonar mientras metía al niño en el asiento trasero y buscaba a la mamá, alguien me dijo donde estaba la posta médica más cercana y dije que enviaran a la mamá cuando la encuentren. Salimos disparados Arnaldo y yo y justo pasaba una camioneta de la policía. La gente señaló que nos alejábamos y no explicó bien, así que mientras corría rumbo a la posta médica tenía a la policía persiguiéndome con la sirena, luces y todo atrás nuestro. Seguíamos andando muy rápido hasta que llegamos a un cruce con una avenida donde por fin nos alcanzó la camioneta que no dejaba de gritar por el altoparlante “¡DETÉNGASE, DETÉNGASE!”. Cuando vieron al niño y a mí que les preguntaba cómo llegar a la posta, sin decir una palabra pasaron de ser perseguidores a ser escolta. ¡Nunca Arnaldo ni yo habíamos sido escoltados! El fin de esta historia lo quiero dejar en que el niño luego de miles de radiografías estaba bien, más que rasguños, golpes y harto susto. La madre llegó, era una vendedora de dulces en una esquina y dijo; “¡otra vez lo han atropellado!” Yo dije “¿otra vez?” Y respondió; “Sí, la primera fue con un mototaxi”. Solo agradecí que todo estuviera bien, pero me esperaba otra larga historia con la policía, querían meter a Arnaldo en la cárcel de autos y a mí, pues, ver qué me podían sacar, lo bueno es que había muchos testigos de los hechos. Pero la vez que sí estuvo en la cárcel fue un día que fui muy temprano al hospital a dejar unos análisis, estacioné, entré 5 minutos y al salir Arnaldo ya no estaba. ¡Pánico! Un taxista me dijo que la grúa se lo llevó. Paré un taxi y recorrimos todos los depósitos de autos de Lima hasta que lo hayamos en Surquillo. Un enorme trámite burocrático que terminó dándome la razón a las siete de la noche. Arnaldo salía libre de la cárcel sin pagar fianza ni dormir en ella. Hasta ahora nunca lo ha hecho. Otra anécdota que recuerdo es un viaje a Trujillo en el que una llanta posterior reventó cuando estaba como a 90 kilómetros por hora luego de dejar un peaje, no me causó ningún problema salvo un ligero susto. Salí al lado de la Panamericana para cambiarla y cuando quise regresar a la pista, las dos llantas del lado derecho que estaban en la arena empezaron a hundirse y patinar. Con cuidado logre regresar el auto a la pista, pero más me costó salir de la arena que cambiar la llanta. La última anécdota con Arnaldo sucedió en uno de los viajes que suelo hacer con él para hacer caminata de montaña o trekking. Normalmente suelo salir con mis amigos cargando en la maletera las carpas, bolsas y comida para los días que vendrán, así solemos recorrer la ruta que hay luego de pasar Santa Eulalia rumbo a Marcawasi y más allá, hasta donde no hay más ruta para autos, que suele ser en un pueblito llamado Carampoma. Hacía poco le había instalado un ventilador eléctrico a Arnaldo para enfriar el radiador, pero en pleno asenso a Carampoma el ventilador falló y el agua del radiador servía para preparar café expreso, así que ahí, en plena ruta de la puna realicé la maniobra de cambio de ventilador, es decir, le volví a instalar su viejo y confiable ventilador mecánico, que por suerte lo traía conmigo en la maletera. Luego de esta operación y mientras mis patas volvían al auto luego de estirar las piernas y algunas fotos, reanudamos el recorrido sin ningún problema hasta los más de 3500 msnm.

Desde que tengo a Arnaldo hasta la fecha hemos pasado muchas historias en los numerosos viajes que hemos hecho y hemos tenido algunas aventuras mientras vamos haciendo nuestras propias anécdotas, las nuestras propias sí y que van quedando listas para contarle a nuestros hijos y nietos, bueno, por lo menos los míos, sólo espero que dentro de esa futura camada haya alguno que herede la pasión por los autos que viene cultivando mi abuelo, mi padre y yo. Quizá Arnaldo ya no exista, ni nosotros tampoco, pero seguro encontrarán algún otro pedazo de fiero con ruedas al cual rendir pleitesía, quizá no sea un clásico tampoco, pero será el que despierte y desate pasiones en ellos. Por mi parte voy a continuar con la tradición como lo vengo haciendo y sin esperar nada a cambio.